viernes, 22 de agosto de 2025


 

 Muchas personas creen que hay que ir por la vida con cara de pocos amigos para protegerse de la agresividad de la sociedad. Es un error, pues, esta actitud pone de manifiesto que tienen problemas serios lo cual las hace vulnerables. Dedica todos los días unos minutos a relajarte y a sonreír y tu cuerpo y tu espíritu te lo agradecerán. También te lo agradecerán tus familiares, tus amigos y la gente en general; porque es una forma de respeto; mientras que, una cara tensa, desconfiada o amargada es una forma de agredir a los demás. El mayor bien que puedes hacerte a ti mismo y a la sociedad es cultivar una cara que exprese paz, éxito y alegría de vivir. De esta forma enviarás mensajes positivos a tu cerebro y al cerebro de las personas y activarás lo mejor de ti y lo mejor de la gente. El mayor mal que puedes hacerte a ti mismo y a las personas es tener una cara que exprese tristeza, amargura, fracaso y frustración, porque te contaminarás y contaminas a los demás de tus problemas, a lo cual no tienes derecho, pues, bastante tienen las personas con sus propios problema.

David Angulo de Haro


 

jueves, 21 de agosto de 2025



 

 Vivimos aquí y ahora; todo lo que fue antes y en otros lugares es pasado, olvidado en gran medida; sólo tenemos acceso a lo que resta en fragmentos desordenados de recuerdos que se encienden y se apagan fortuitos, inconexos. Así es como estamos acostumbrados a pensar sobre nosotros mismos. Y también es ésa la natural manera de pensar cuando dirigimos nuestra mirada a los demás: en verdad están aquí y ahora ante nosotros, en ningún otro lugar, en ningún otro momento. ¿Y cómo podríamos pensar su relación con el pasado sino en la forma de episodios internos del recuerdo, cuya exclusiva realidad radica en el presente de su acontecer? Desde el punto de vista de la propia intimidad, sin embargo, la cosa es totalmente distinta. Allí no estamos reducidos a nuestro presente, sino que nos extendemos ampliamente hacia el pasado. Esto se debe a nuestros sentimientos, en particular los sentimientos profundos, ésos que definen quiénes somos y cómo es ser quienes somos. Porque nuestros sentimientos no saben del tiempo, no saben de él ni lo reconocen. Naturalmente, sería falso que yo afirmara: “Todavía soy aquel joven sentado en los escalones a la entrada de la escuela, el joven con la gorra en la mano cuya mirada se perdía más allá del patio escolar, esperando ver a Maria João”. Por supuesto que es falso; han pasado más de treinta años desde entonces. Y sin embargo también es verdad. El latir del corazón ante las tareas difíciles es el latir del corazón cuando el señor Lanções, el profesor de matemáticas, entra en la clase; en la angustia ante toda autoridad están las sentencias terminantes que, encorvado, pronuncia mi padre; si la mirada luminosa de una mujer se cruza con la mía, se me corta la respiración como cuando mi mirada parecía cruzarse con la de Maria João, de ventana a ventana. Todavía estoy allí, en aquel lugar alejado en el tiempo; nunca me he marchado, vivo extendiéndome hacia adentro en el pasado o hacia afuera desde él Ese pasado es presente y no sólo con la forma de episodios breves y luminosos del recuerdo. Los miles de cambios que el tiempo ha producido son —comparados con ese presente intemporal del sentir— fugaces e irreales como un sueño y tan engañosos como las quimeras: me reflejan; soy alguien a quien la gente acude con sus dolores y sus preocupaciones; alguien que posee, como médico, una maravillosa temeridad y seguridad en sí mismo. Y la confianza temerosa que veo en las miradas de quienes buscan mi ayuda me obliga a creerlo también, mientras están allí. Pero apenas se han marchado quisiera gritarles: “Todavía soy aquel joven miedoso de los escalones de la escuela”; carece totalmente de importancia, en verdad, es una mentira que me siente detrás de mi escritorio tan impresionante con mi guardapolvo blanco y desde allí aconseje. No se dejen engañar por eso que, con ridícula superficialidad, llamamos el presente.

Pascal Mercier


 

 


El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia. Sólo en esa «experiencia central» está la realidad humana, sólo allí hay vida, sólo allí está la base del amor. Experimentado en esa forma, el amor es un desafío constante; no un lugar de reposo, sino un moverse, crecer, trabajar juntos; que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres se experimentan desde la esencia de su existencia, de que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de sí mismos. Sólo hay una prueba de la presencia de amor: la hondura de la relación y la vitalidad y la fuerza de cada una de las personas implicadas; es por tales frutos por los que se reconoce al amor. Así como los autómatas no pueden amarse entre sí tampoco pueden amar a Dios. La desintegración del amor a Dios ha alcanzado las mismas proporciones que la desintegración del amor al hombre. Ese hecho hállase en evidente contradicción con la idea de que estamos en presencia de un renacimiento religioso en nuestra época. Nada podría estar más lejos de la verdad. Lo que presenciamos (si bien hay excepciones) es una regresión a un concepto idolátrico de Dios, y una transformación del amor a Dios en una relación correspondiente a una estructura caracterológica enajenada. Es fácil comprobar tal regresión. La gente está angustiada, carece de principios o fe, no la mueve otra finalidad que la de seguir adelante; por lo tanto, siguen siendo criaturas, confiando en que el padre o la madre acuda a ayudarlos cuando lo necesiten.


miércoles, 20 de agosto de 2025


 


 

 Álvaro Carrillo: el andariego del bolero


Hay quienes caminan por la vida dejando huellas en el asfalto. Álvaro Carrillo lo hizo en el aire, en las guitarras, en las gargantas de quienes no saben decir “te quiero” sin música.

Nacido en Cacahuatepec, Oaxaca, fue ingeniero agrónomo de profesión, pero poeta del alma por vocación. De su pluma brotaron joyas que parecieran eternas: Sabor a mí, Luz de luna, Amor mío, Sabrá Dios… y, claro, El Andariego.

> “Yo soy el andariego que va por el mundo
recogiendo penas en su corazón…”


Así se describía Carrillo: un alma que no se estaciona, que no se conforma, que ama y parte, no por frialdad sino por la intensidad que lo consume. En su voz, o en la de quienes lo interpretan, se oye la contradicción del amante que necesita amar desde lejos para no enredarse en la rutina.

> “No soy de aquí ni soy de allá,
no tengo edad ni porvenir,
y ser feliz es mi color de identidad…”


(Esto último es Facundo Cabral, pero podría ser Carrillo también.)

El andariego no huye del amor, lo busca. Pero no para encerrarlo, sino para dejarlo respirar. Álvaro Carrillo le dio voz a ese tipo de amor: el que no se mide en contratos ni anillos, sino en la forma en que una melodía puede doler sin herir.

> “A mí me gusta el sol, Alicia y los palomares,
el buen cigarro y el ron, saltar paredes y abrir los portales…”


(Silvio esta vez, pero también de ese linaje: los que cantan lo que no cabe en palabras sueltas.)

Carrillo murió joven, pero como los grandes, dejó más de lo que vivió. Tal vez por eso sus canciones no envejecen.


 


martes, 19 de agosto de 2025


🧠 ¿El pensamiento puede enfermar?

Sí, y hay varias formas en que lo hace.

1. Estrés crónico (pensamientos de amenaza constante)

El cuerpo responde al pensamiento como si fuera una situación real.

Si piensas constantemente “voy a fracasar”, “algo malo va a pasar”, “no sirvo para nada”, tu cuerpo activa las mismas hormonas que si estuvieras huyendo de un tigre: cortisol, adrenalina.

A largo plazo, esto daña el sistema inmunológico, el corazón, el sueño, la digestión.


2. Somatización

Emociones y pensamientos que no se procesan pueden expresarse como dolores físicos: gastritis, migrañas, fatiga crónica, dolores musculares.

Muchas personas van al médico por malestares que no tienen causa orgánica clara, pero sí un conflicto emocional.


3. Trauma moral o culpa profunda

Como en el caso de varios científicos de la bomba atómica, la culpa puede volverse un peso insoportable.

Esa disonancia entre lo que hiciste y lo que crees que es correcto puede llevar a depresiones graves, insomnio, ansiedad, incluso enfermedades autoinmunes.


🧘 Entonces... ¿Pensar bien cura?

También sí.

La psicología positiva, la terapia cognitivo-conductual y las técnicas de atención plena (como el mindfulness) han mostrado que cambiar patrones de pensamiento negativos mejora la salud física y mental.

No se trata de “pensar bonito” como en frases de autoayuda huecas, sino de reconocer qué pensamientos te están destruyendo y cuestionarlos con herramientas reales.



🧬 Conclusión

El pensamiento no es sólo una función mental: es una energía que afecta al cuerpo entero. Pensar con miedo constante, con culpa, con odio o con desesperanza puede enfermarte. Pensar con claridad, con conciencia, con compasión y con responsabilidad puede sanar.




 


Las dos grandes amenazas a la supervivencia humana a las que nos enfrentamos actualmente son la militar y la medioambiental. Es probable que vayan convergiendo cada vez más entre ellas en el futuro, a medida que la competencia y las pugnas por unos recursos escasos degeneren en conflicto armado. A lo largo de los años, los comunistas han sido unos de los más ardientes defensores de la paz y el motivo de tal actitud ha sido hábilmente resumido por Ellen Meiksins Wood: «Me parece axiomático —escribe— que la lógica expansionista, competitiva y explotadora de la acumulación capitalista en el contexto del sistema de los Estados-nación acabe siendo desestabilizadora a más corto o más largo plazo, y que el capitalismo [...] sea y continúe siendo durante un futuro próximo la mayor amenaza contra la paz mundial»/5 Si el movimiento pacifista quiere comprender de verdad las causas fundamentales de la agresividad global, no puede permitirse ignorar la naturaleza de la bestia que la alimenta. Y eso significa que no puede permitirse el lujo de ignorar las ideas y reflexiones del marxismo. Lo mismo se puede decir a propósito del ecologismo. Wood sostiene que el capitalismo no puede evitar la devastación ecológica por culpa de la naturaleza antisocial misma de su impulso acumulador. El sistema puede llegar a tolerar la igualdad racial y de género, pero es incapaz (por su propia naturaleza) de alcanzar la paz mundial y de respetar el mundo material. El capitalismo, comenta Wood, «tal vez pueda tener cabida para cierto grado de atención ecológica, sobre todo, cuando la propia tecnología de protección medioambiental es  comercializable y rentable. Pero la irracionalidad esencial del impulso de la acumulación de capital, que supedita todo a las exigencias de expansión propia del capital y a las del llamado "crecimiento", es irremediablemente hostil al equilibrio ecológico». El viejo eslogan comunista del «socialismo o barbarie» siempre les ha parecido a algunos un tanto apocalíptico de más. En estos momentos en los que la historia se encamina a trompicones hacia un posible escenario de guerra nuclear y de catástrofe medioambiental, cuesta ver de qué otro modo se puede tomar ese lema que no sea como la más sobria verdad. Si no actuamos ahora, todo parece apuntar a que el capitalismo será nuestra tumba.

Terry Eagleton

 Había estado mucho tiempo enfermo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía andar, casi no recordaba quién era. Haga un esfuerzo, me dijo el médico, y en tres o cuatro meses volverá a habituarse a las cosas. No le creí, pero de todos modos seguí su consejo. Me habían desahuciado, y ahora que había desbaratado sus predicciones y seguía misteriosamente con vida, ¿qué otra cosa podía hacer sino vivir como si tuviera todo un futuro por delante?

    Empecé dando pequeños paseos, nada más que una o dos manzanas y luego vuelta a casa. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero a todos los efectos la enfermedad me había convertido en un anciano: uno de esos viejales temblorosos que van arrastrando los pies y no pueden poner uno delante de otro sin mirar cuál es cuál. Incluso a la lentitud con que me movía entonces, andar me producía una extraña y volátil sensación de ligereza, un barullo de señales confusas y fallidas conexiones mentales. El mundo empezaba a girar y dar tumbos ante mis ojos, desplazándose como una imagen en un espejo ondulado, y siempre que intentaba centrar la mirada en una sola cosa, aislar un objeto de la vertiginosa avalancha de colores —un pañuelo azul anudado a la cabeza de una mujer, digamos, o la luz roja en la parte trasera de una furgoneta—, empezaba inmediatamente a descomponerse, a esfumarse, a desaparecer como una gota de tinta en un vaso de agua. Todo temblaba y se estremecía, se disgregaba en todas direcciones, y durante las primeras semanas me costaba trabajo averiguar dónde acababa mi cuerpo y empezaba el resto del mundo. Me daba contra las paredes y los cubos de basura, me enredaba en las correas de los perros y los papeles que llevaba el viento, tropezaba en las aceras más lisas. Llevaba toda la vida viviendo en Nueva York, pero ya no entendía ni las calles ni el gentío, y cada vez que salía a una de mis breves excursiones me sentía como perdido en una ciudad desconocida.
Paul Auster 

 

🏛️ Parménides: el filósofo del ser eterno

📜 ¿Quién fue?

Parménides fue un filósofo del sur de Italia, fundador de la Escuela Eleática. Escribió un único poema en verso titulado Sobre la naturaleza, en el que describe un viaje místico donde una diosa le revela la verdad sobre el ser y la ilusión del cambio.

A diferencia de Heráclito, Parménides dice:

“El ser es, y el no-ser no es.”

Así, para él:

  • El cambio es ilusorio.

  • El movimiento es engaño de los sentidos.

  • Solo el ser eterno, inmóvil, indivisible y completo existe realmente.


🧠 Enseñanza clave:

La verdad no se capta con los sentidos, sino con la razón.

Los sentidos nos engañan: vemos cambio, diversidad, nacimiento y muerte. Pero eso, dice Parménides, es apariencia.
La razón revela lo eterno, lo inmutable, lo Uno.


💡 ¿Qué nos enseña hoy?

1. No te dejes llevar solo por las apariencias.

Aunque todo parezca moverse o transformarse, hay algo detrás de todo eso: una esencia, un fondo constante.

👉 A veces lo que cambia en la superficie oculta lo que permanece en lo profundo.

Tu miedo cambia de forma, pero siempre es miedo. Tu deseo cambia de objeto, pero siempre es deseo.

Aprende a ver lo esencial detrás de lo cambiante.

2. Hay una paz más allá del ruido.

Para Parménides, el ser no nace ni muere, no se mueve ni se agita. Es eterno y perfecto. Esa idea, aunque abstracta, tiene una potencia espiritual:

Busca en ti ese lugar que no cambia, aunque todo lo demás lo haga.

Lo podríamos llamar conciencia, presencia, alma, o simplemente “estar”.

3. La verdad profunda es contraria a la opinión común.

Parménides distingue entre:

  • La vía de la verdad (lo que la razón demuestra).

  • La vía de la opinión (lo que los sentidos y la multitud creen).

A veces, vivir con claridad implica ir contra lo que todos afirman, y tener el valor de pensar con rigor.


🛠️ Ejercicio práctico:

Encuentra tu ser inmutable.

  1. Siéntate en silencio 5 minutos.

  2. Cierra los ojos y observa tus pensamientos, emociones, impulsos. Todos se mueven.

  3. Ahora pregúntate:

    • ¿Quién está observando todo eso?

    • ¿Qué parte de mí permanece, aunque todo lo demás se mueva?

📓 Escribe:

“Hoy sentí que, más allá de todo lo que cambia, yo soy…”


🧘‍♂️ Frase para meditar:

“El ser es sin nacimiento y sin muerte, entero, inmóvil, sin final, sin ruptura.”
(La paz radical de saber que lo más profundo en ti no puede perderse.)

lunes, 18 de agosto de 2025

 


 "No somos gente fácil. A veces herimos sin querer, otras veces ni sabemos por qué lo hacemos. Todos llevamos algo roto, algo que no se ve pero que pesa. Algunos se esconden detrás del orgullo, otros se pierden en la duda. Y nadie es solo lo que hace un día: ni lo peor, ni lo mejor. Lo que somos está en lo que intentamos, incluso cuando fallamos. Vivir es eso: caminar con las grietas al sol, sin disfraz, sin prometer perfección, pero con la voluntad de seguir."


-Francisco J. Zárate


 

 ¿El amor es biológico o cultural? Un encuentro entre química y mito


El amor ha sido motivo de poemas, guerras, canciones, suspiros y desesperaciones. Lo buscamos, lo tememos, lo confundimos, lo idealizamos. Pero más allá de la intensidad emocional con la que lo vivimos, surge una pregunta fundamental: ¿el amor nace de la biología o es una construcción cultural?

La respuesta, como ocurre con casi todo lo profundamente humano, no puede ser binaria. El amor es una danza entre la carne y la palabra, entre el instinto y la narrativa, entre las hormonas y los cuentos que nos contamos sobre nosotros mismos.


El amor que nace del cuerpo

Hay algo en el amor que claramente no elegimos: la atracción súbita, el deseo inexplicable, esa necesidad de estar con alguien sin razones claras. La biología no es ajena al amor, y de hecho, lo fundamenta.

Estudios científicos han demostrado que al enamorarnos, el cerebro libera un cóctel químico poderoso: dopamina (placer), oxitocina (vínculo), serotonina (bienestar), adrenalina (excitación), entre otras. Este cóctel explica, en parte, por qué el amor puede parecer una adicción o una locura temporal. No por nada Platón decía que el amor es una especie de delirio divino.

Desde un enfoque evolutivo, este vínculo tiene sentido: el apego entre personas aumenta la probabilidad de cooperación, cuidado mutuo y crianza exitosa de la descendencia. Es decir, el amor —como vínculo afectivo— fue seleccionado por su valor adaptativo.

Incluso en el reino animal observamos señales de este impulso: algunas aves y mamíferos generan vínculos estables; otros muestran conductas que podríamos llamar celos, afecto o protección. Es decir, la biología nos prepara para el amor… pero no lo define por completo.


El amor que se aprende

Aunque el cuerpo ama, es la cultura la que le da forma al amor. Ninguna sustancia química del cerebro explica por qué soñamos con la “media naranja”, por qué esperamos fidelidad eterna, o por qué creemos que una sola persona debe darnos todo: pasión, amistad, seguridad, sentido de vida.

El amor romántico —ese ideal de fusión total con otro ser humano— no ha existido siempre ni en todas las culturas. Es, en gran medida, un invento reciente. En la Edad Media, el amor cortés idealizaba a una dama inaccesible. En el siglo XIX, el romanticismo europeo convirtió al amor en tragedia sublime. En la actualidad, las comedias románticas nos venden el final feliz como punto de llegada. Todo esto moldea nuestras expectativas, nuestros sufrimientos, nuestros fracasos.

En algunas culturas el amor surge después del matrimonio, no antes. En otras, el deseo es considerado un problema. Algunas sociedades fomentan la monogamia, otras toleran o incluso organizan relaciones múltiples. En pocas palabras: la cultura enseña qué amar, cómo amar, a quién amar… y también cuándo dejar de amar.


La tensión que nos habita

Lo fascinante del amor es que habita en esa tensión entre lo que sentimos sin entender y lo que entendemos sin sentir. Es como una fuerza salvaje que se expresa a través de disfraces sociales. Nos aferramos al amor como necesidad biológica, pero también como construcción simbólica: un sentido, un refugio, una promesa.

Por eso, a veces el amor duele tanto: porque no solo está en juego una emoción, sino toda una estructura de significados que hemos aprendido. Sufrimos no solo por la pérdida del otro, sino por la caída del ideal que ese otro representaba.


Conclusión: el amor es humano, porque es contradicción

¿Es el amor biológico o cultural? La respuesta más honesta es que es ambas cosas. Es impulso y también relato. Es química y también mito. Es instinto y también historia compartida.

El amor no nos pertenece del todo: nos atraviesa, nos transforma, nos revela. Nace en el cuerpo, pero florece (o se marchita) en el lenguaje, en la mirada del otro, en los guiones sociales que heredamos y también reinventamos.

En ese cruce de caminos —entre naturaleza y cultura—, el amor nos recuerda que ser humanos es vivir en medio de la paradoja.

 La autodestrucción como acto de fe,

como bandera,
como norte total e inexcusable,
como justa rebelión,
como protesta,
como arma letal contra uno mismo,
como risa final,
como método justo de vaciarse,
como máscara o pose –que es lo mismo–,
como efecto aceptado, irreversible,
como par de la vida,
como guerra interior no declarada,
como peligro urgente y necesario,
como razón del justo y el tirano,
como expresión moderna y muy en boga,
como lucha interior introspectiva,
como forma de crítica al sistema,
como terapia absurda y consecuente,
como remedio justo contra el cáncer,
como claudicación,
como mordaza,
como final también,
como principio…

Como negocio, en fin,
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Jacques Rigaut


 

domingo, 17 de agosto de 2025

 

🧠 Hipócrates de Cos (ca. 460 a.C. – ca. 370 a.C.)

🗺️ 1. Época y contexto histórico

Vivió en la Grecia clásica, en plena ebullición intelectual, cuando coexistían figuras como Sócrates, Demócrito y los sofistas. En ese tiempo, la enfermedad aún era vista por muchos como un castigo divino, y los tratamientos dependían más de rituales mágicos que de prácticas racionales. Hipócrates rompió con esta visión al plantear que la salud y la enfermedad dependían de causas naturales, no sobrenaturales.

Nació en la isla de Cos y fundó una escuela médica que se convirtió en referencia durante siglos.

📜 2. Ideas centrales

  • La medicina como ciencia racional: Hipócrates fue el primero en aplicar la observación clínica sistemática para diagnosticar y tratar enfermedades. No confiaba en la magia, sino en el estudio de los síntomas, los hábitos del paciente y su entorno.

  • Teoría de los cuatro humores: Salud y enfermedad dependían del equilibrio de cuatro fluidos corporales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Aunque hoy superada, esta teoría dominó la medicina occidental por más de mil años.

  • Ética médica: Estableció principios de conducta profesional, como el famoso Juramento Hipocrático, que obliga al médico a actuar en beneficio del paciente, no causar daño y guardar confidencialidad.

  • El cuerpo como un todo: Introdujo la idea de que la salud no era solo física, sino también moral y ambiental, un enfoque muy moderno. Valoraba el ejercicio, la dieta, el sueño y el equilibrio emocional.

📚 3. Obras clave

  • Corpus Hippocraticum: Colección de unos 60 textos atribuidos a él y a sus discípulos. Algunos destacan por su lenguaje poético y por descripciones clínicas aún admirables.

🌍 4. Impacto en la humanidad

  • Es considerado el padre de la medicina occidental.

  • Su enfoque inauguró la tradición médica empírica y ética que inspiró a médicos como Galeno, Avicena, Paracelso y Vesalio.

  • El Juramento Hipocrático ha sido base moral de la medicina durante más de dos milenios, y sus principios siguen presentes en la bioética moderna.

🛠️ 5. Aplicación práctica en la vida actual

  • Su legado nos recuerda que la salud es integral: cuerpo, mente y entorno.

  • Su ética médica es una defensa contra la deshumanización de la medicina tecnocrática actual.

  • Su enfoque observacional es un modelo de pensamiento riguroso y prudente aplicable a cualquier área del saber.

🗣️ 6. Frase representativa

“Dondequiera que el arte de la medicina es amado, también hay amor por la humanidad.”


 

 El Maestro no persigue el poder,

    y así es verdaderamente poderoso.
    El hombre ordinario siempre busca poder,
    y así nunca tiene suficiente.
    El Maestro no hace nada;
    sin embargo, nada deja por hacer.
    El hombre ordinario siempre está haciendo;
    sin embargo, mucho más deja sin hacer.
    El hombre bueno hace algo;
    sin embargo, algo queda por hacer.
    El hombre justo hace algo,
    y deja mucho sin hacer.

Lao tse

sábado, 16 de agosto de 2025

 Me irrita la felicidad de todos estos hombres que no saben que son infelices. Sus vidas humanas están llenas de todo lo que no sería sino angustia para una sensibilidad verdadera. Pero como la vida real que llevan es vegetativa, lo que sufren pasa por ellos sin tocarles el alma, y viven una vida que se puede comparar solamente a la de un hombre con dolor de dientes que hubiese recibido una fortuna – la fortuna auténtica de vivir sin darse cuenta, el don más alto que los dioses conceden, porque es el don de permitir a un hombre ser semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otro modo) tanto a la alegría como al dolor.

Por eso, pese a todo, a todos los amo. ¡Mis queridos vegetales!  

~ Fernando Pessoa


 

Conversación imaginaria entre Irvin D. Yalom y Gabriel Rolón, dos figuras muy distintas pero complementarias en su forma de entender el sufrimiento humano, particularmente el desamor, desde el psicoanálisis y la psicoterapia existencial.


Yalom:
Gabriel, he leído algunos de tus relatos clínicos. Es interesante cómo abordas el desamor, no solo como una pérdida emocional, sino como una experiencia que confronta al paciente con su propia fragilidad.

Rolón:
Gracias, Irvin. En Argentina, el desamor es casi un tema nacional. Pero más allá del cliché, lo que me parece fascinante es cómo el abandono activa heridas mucho más antiguas. Uno se siente rechazado hoy, pero sufre por todo el rechazo acumulado que no ha podido elaborar.

Yalom:
Sí. En mi experiencia, el desamor no es solo una pérdida de otro, sino una amenaza directa al sentido del yo. Lo llamo "una herida al narcisismo existencial". La persona ya no se siente amada y entonces comienza a cuestionar su valor, su propósito, incluso su existencia.

Rolón:
Me resuena profundamente. Muchos pacientes no vienen diciendo “me dejó”, sino “¿por qué no fui suficiente?” Y ahí empieza la verdadera exploración. Porque no se trata solo de la historia de pareja, sino de la historia de su identidad.

Yalom:
Exactamente. Y en ese momento, el trabajo terapéutico puede ser una oportunidad de crecimiento. El terapeuta debe estar dispuesto a mirar el abismo con el paciente, sin taparlo con explicaciones simples. A veces, solo podemos estar ahí con ellos, ayudarlos a soportar el vacío.

Rolón:
Y también ayudarlos a escuchar su propio deseo. Porque el desamor los deja desorientados, pegados al deseo del otro. ¿Qué quiero yo ahora, sin esa persona? Es una pregunta que da vértigo, pero también libera.

Yalom:
Es lo que llamo “la posibilidad transformadora del sufrimiento”. No es consuelo barato; es una verdad existencial. El dolor puede ser fértil si no lo evitamos. Pero claro, para eso el vínculo terapéutico debe ser fuerte. Humano.

Rolón:
La transferencia en esos casos es muy intensa. A veces, el paciente se agarra de uno como de un salvavidas afectivo. Hay que cuidar esa relación con mucha ética y mucha compasión.

Yalom:
Y mucha presencia. A fin de cuentas, la cura muchas veces no está en las palabras, sino en la presencia compartida. En saber que no estás solo en medio de ese naufragio.

Rolón:
Tal cual, Irvin. Como decimos por acá, el corazón roto no se arregla, pero se puede aprender a vivir con sus cicatrices. Y a veces, incluso, a amar mejor.


 

viernes, 15 de agosto de 2025

 Esa “espiritualidad” contemporánea —la que inunda redes sociales, cursos de mindfulness, frases de Instagram y “retiros” carísimos en la playa— es, en muchos casos, una espiritualidad anestésica. No incomoda, no exige, no transforma estructuras, solo adormece conciencias y acomoda el ego.


Es una espiritualidad sin cuerpo, sin historia, sin pueblo. No se encarna en lo colectivo, no toca lo político, no interpela el sistema. Más que un camino de búsqueda profunda, se vuelve un accesorio personal, algo que uno “consume” como quien compra una dieta detox o un cristal energético en Amazon.

Lo espiritual —si es auténtico— debería confrontar:

nuestras formas de vida,

nuestras relaciones de poder,

nuestro lugar en el mundo.

Una espiritualidad verdadera implica comunidad, ética, entrega, incluso riesgo. No es solo "sentirme bien conmigo mismo" mientras ignoro la desigualdad que me rodea. Es también preguntarme cómo vivo, qué sostengo, a quién afecto, cómo participo o me retiro del dolor de los demás.

Una espiritualidad que no cuestiona el mundo, es parte de su mecanismo de evasión.


 

 «Soy el que ahuyentó el miedo de la correa de mi padre cuando era azotado en el cuarto de baño, soy Bukowski, el que lo miró a los ojos y advirtió que ya no despedían fiereza, sino que parecían vacíos y evitaban los míos. Soy quien bebió whisky a su antojo en los céntricos bares de Los Ángeles, el escritor que inyecta sangre y “belleza”, soy la bestia, soy un hombre de palabras, soy la humedad de la noche; la caída vertiginosa del mundo, el rebelde que rió de su padre cuando le decía que debía ser ingeniero para ganar mucho dinero, soy quien junto a Hemingway exploró las corrientes subterráneas del corazón del hombre. Soy Bestiabuk el poeta que pasó toda la noche mirando la fiesta de graduación a través de la malla metálica de la ventana, soy el hombre de la barra que mira a esa joven hermosa con un trago en la mano susurrando a la oreja de su acompañante. Soy quien ve a muchos hombres muertos, recibiendo órdenes con una sonrisa de imbéciles, serviles y encantado de serlo. Soy Charles Bukowski, soy la orilla de un vaso que corta, soy sangre».



 

jueves, 14 de agosto de 2025

Vivimos en un mundo donde la coherencia moral parece una rareza. Las palabras de Bertrand Russell desenmascaran una realidad incómoda: la división entre el ideal que se proclama y la conducta que se asume. Esta "doble moral" no solo refleja una contradicción ética, sino que también pone en evidencia un juego de apariencias que corroe la autenticidad individual y colectiva.

Por un lado, está quien predica valores elevados —justicia, compasión, igualdad— sin aplicarlos en su vida cotidiana. Esta figura prolifera en la política, en las religiones organizadas, incluso en la vida familiar: se exige lo que no se da, se impone lo que no se vive. Aquí la moral se convierte en ornamento, en discurso útil para construir una imagen respetable o ejercer poder, pero vacía de compromiso real.

Por otro lado, existe quien actúa con rectitud sin necesidad de proclamarlo. Personas que no llenan discursos con palabras grandilocuentes pero que, en la práctica, encarnan los valores que muchos solo simulan. Estas personas son silenciosas, a veces anónimas, pero su influencia es profunda. No buscan reconocimiento porque su ética no nace del ego, sino de la convicción.

Russell no condena ni idealiza a ninguno de los dos grupos, pero sí nos invita a una reflexión más honesta: ¿cuál es la moral que realmente transforma el mundo? ¿La que se anuncia desde púlpitos y redes sociales, o la que se vive día a día en actos de justicia, solidaridad y respeto?

La frase también es un reto. Nos confronta con la posibilidad de una tercera vía: la unión de ambas morales. No basta con actuar en silencio ni con predicar sin coherencia. La ética más poderosa es aquella que armoniza la palabra con la acción, el discurso con la vida. Practicar lo que se predica y predicar lo que se practica: ese es quizás el mayor acto de valentía moral en una época saturada de simulaciones.

En un tiempo en el que el cinismo amenaza con normalizar la hipocresía, recordar esta frase de Russell es un acto de resistencia. Nos recuerda que ser íntegro no es simplemente evitar la contradicción, sino vivir con una conciencia que no necesita máscaras ni aplausos.

 

 En los bosques y ciudades, los cuervos guardan un secreto que parece sacado de un antiguo manual de alquimia: cuando sienten que algo no anda bien en su cuerpo, se posan sobre un hormiguero, abren sus alas y esperan a que decenas de hormigas suban por sus plumas. Lejos de ser un martirio, este ritual —conocido como anting— es una forma de medicina natural. Las hormigas liberan ácido fórmico, una sustancia con propiedades antimicrobianas y antiparasitarias. Para el ave, es un baño terapéutico que alivia, limpia y protege.


La escena es reveladora: la naturaleza como farmacia viva, ofreciendo remedios a quien sabe buscarlos. Y no son solo los cuervos. Los chimpancés, por ejemplo, mastican lentamente hojas de la planta Vernonia amygdalina, tan amargas que ningún otro animal las soporta. Sin embargo, este amargor esconde un efecto medicinal: combate los parásitos intestinales que tanto aquejan a los primates en estado salvaje.

Los elefantes africanos también tienen sus secretos. Las hembras embarazadas han sido vistas buscando y devorando cortezas específicas de ciertos árboles, capaces de inducir contracciones y acelerar el parto. Una especie de partera vegetal, encontrada sin necesidad de bisturí ni medicina sintética.

Los osos pardos preparan ungüentos dignos de un herbolario: arrancan raíces de plantas ricas en compuestos antimicrobianos, las mastican hasta formar una pasta y luego se la untan sobre la piel para curar heridas o aliviar irritaciones.

Hasta los insectos participan en esta tradición milenaria. Las mariposas se posan sobre charcos de barro para absorber minerales esenciales que no encuentran en las flores. Y las abejas, como farmacéuticas aladas, recubren sus colmenas con propóleo, una resina con potentes propiedades antibacterianas que mantiene a raya enfermedades que podrían devastar a toda la colonia.

Este campo de estudio tiene nombre: zoofarmacognosia. Gracias a la observación de estos comportamientos, los humanos hemos descubierto sustancias con usos médicos reales. El mismo ácido fórmico de las hormigas ha sido utilizado en dermatología para tratar verrugas y callos; la corteza de ciertos árboles que mastican los primates ha inspirado compuestos antiparasitarios; y hasta la resina de las abejas es aprovechada en suplementos por sus efectos inmunológicos.

Pero aquí aparece un contraste doloroso: mientras los animales conservan estas habilidades instintivas, los seres humanos las hemos ido perdiendo. Durante miles de años, nuestros antepasados también recurrían a plantas, raíces, barros y cortezas para sanar. Ese conocimiento nacía de la observación, de la experiencia y de la necesidad. Hoy, aunque la ciencia moderna nos ofrece remedios poderosos y eficaces, también nos hemos alejado de ese diálogo íntimo con la tierra. Muchos ya no reconocemos las plantas que nos rodean ni sabemos escuchar lo que el cuerpo pide.

Es una lástima, porque la pérdida no es solo práctica: también es simbólica. Significa olvidar que la vida siempre nos habló en un lenguaje silencioso de curación y equilibrio. Quizá la enseñanza del anting de los cuervos, de los chimpancés que mastican hojas amargas o de los elefantes que buscan cortezas, sea precisamente esta: recordarnos que la naturaleza nunca dejó de ser nuestra primera farmacia. Y que volver a aprender su idioma podría reconciliarnos con el mundo del que venimos.


 

miércoles, 13 de agosto de 2025

 La Fama y el Olvido: Reflexiones sobre la Gloria Pasajera


En los escenarios brillantes de la cultura popular, donde hoy resplandecen cantantes, actores y celebridades, se oculta una verdad incómoda: la mayoría serán olvidados. Nos fascinan las luces del presente, pero el tiempo tiene una forma silenciosa y cruel de borrar rostros, nombres, voces. Lo que hoy parece eterno, en unas décadas será tan solo una sombra confusa en la memoria colectiva.

Es una experiencia común ver una película de hace cincuenta o sesenta años y reconocer apenas a dos o tres figuras. ¿Quién recuerda hoy a Troy Donahue, Tab Hunter o Sandra Dee, ídolos de la pantalla en los años 50 y 60? Fueron rostros recurrentes en revistas, objetos de deseo, símbolos de una época. Hoy, salvo para los cinéfilos más apasionados, sus nombres apenas evocan algo más que una curiosidad del pasado.

Lo mismo sucede con la música. Pensemos en los charts de los años 80. ¿Quién recuerda con claridad a Laura Branigan, Christopher Cross o Toni Basil? Tuvieron éxitos rotundos. Algunas de sus canciones incluso sobreviven, pero sus rostros, su historia y su fama personal se han disuelto en el aire. No fueron menos talentosos que otros; simplemente, el tiempo avanza, los gustos cambian y la memoria cultural es selectiva.

Este fenómeno no es nuevo. En el siglo XIX, el poeta inglés Edward Young escribió que “la fama es el perfume de los héroes”. Pero incluso el perfume se desvanece. Muchos escritores célebres en su tiempo, como Edward Bulwer-Lytton (autor de Los últimos días de Pompeya y quien acuñó la famosa frase "la pluma es más poderosa que la espada") fueron leídos con avidez en su época, pero hoy sólo son una nota al pie en la historia literaria.

La fama artística tiene un componente de ilusión: creemos que estar en boca de todos es equivalente a ser eterno. Sin embargo, esa permanencia sólo la consiguen unos pocos y, muchas veces, no los más talentosos, sino los más simbólicos. Marilyn Monroe, Elvis Presley, Frida Kahlo o The Beatles no son recordados únicamente por su obra, sino por lo que representan en la narrativa colectiva de una época.

Esto debería hacernos reflexionar: ¿qué impulsa a tantas personas a perseguir la fama como si fuera el mayor logro posible? ¿Por qué se sacrifica tanto por una gloria que, en la mayoría de los casos, no sobrevive ni siquiera a una generación? Tal vez la respuesta no está en buscar ser recordado, sino en hacer lo que se ama sin miedo al olvido.

Porque al final, la pregunta no es cuántos te recordarán dentro de 80 años, sino si lo que hiciste mientras estuviste vivo tuvo sentido para ti, si dejaste una marca —aunque invisible— en las personas cercanas, si tu arte fue genuino, no una actuación para agradar a la masa.

La fama es una chispa. Pero el fuego verdadero es otra cosa.

 


 Quién soñará poemas

Quién soñará pinturas
Y quién en las letras
Alguien soñará con poemas
Metáforas escapan en sueños
Y se vuelven realidad
Dónde todo es posible:
En sueños

Malvidio Malatesta

martes, 12 de agosto de 2025


 


 

 Sócrates


Usaba la ironía como arma, y a más de uno lo dejó en ridículo en público.

No cobraba, pero tampoco daba diplomas… te ibas con crisis existencial gratis.

Murió por cuestionar demasiado, así que sí: básicamente lo “cancelaron” en Atenas.


Wittgenstein

Tenía un humor tan raro que ni Google Translate lo entendería.

Fue maestro de primaria y, según dicen, a veces era tan duro que los niños preferían el recreo… bajo la lluvia.

El tipo más puntual que conocerás: llegaba antes de que existiera el tiempo.


Kierkegaard

Hablaba con tanta pasión de la fe y la angustia que hasta parecía telenovela.

Usaba seudónimos como si fueran cuentas falsas de Facebook para discutir consigo mismo.

Amaba a Regina Olsen… pero rompió el compromiso porque, bueno, angustia existencial.


Camus

Atractivo, carismático y existencialista: básicamente el protagonista de cualquier película francesa en blanco y negro.

Escribió que la vida es absurda, pero igual se la pasaba en cafés con vino y amigos.

Ganó el Nobel y aún así seguía siendo el alma de la fiesta.


Schopenhauer

Pesimista profesional: si había sol, decía que iba a llover.

Odiaba tanto a Hegel que daba clases al mismo tiempo que él… y se quedaba con 5 alumnos.

Amaba a su perro más que a la mayoría de las personas.


Rousseau

Soñaba con una educación libre y natural… pero mandó a sus hijos a un orfanato.

Huyó de ciudades y gobiernos más veces que un estafador de telenovela.

Pensaba que el hombre era bueno por naturaleza… salvo sus vecinos.


Locke

Creía que todos nacemos como una hoja en blanco… y que la escuela te escribe encima.

Inspiró revoluciones políticas, pero no cobraba regalías.

Podía discutir de política y educación toda la noche… sin perder la compostura inglesa.


Sartre

Existencialista, comunista y activista: triple combo para incomodar en cenas familiares.

Andaba con Simone de Beauvoir, pero tenían “relación abierta” antes de que fuera cool.

Rechazó el Nobel porque no quería que lo “institucionalizaran”… y porque le caía gordo el traje.

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