Sucede que el 60% de las reservas mundiales de coltán se encuentran en la República Democrática del Congo, ese lugar cuyas inmensas riquezas naturales son la peor de las pesadillas. Desde que, allá por el s. XIX, durante la colonización de África por las potencias europeas, el rey Leopoldo II de Bélgica perpetrase uno de los más espantosos saqueos que registra la historia, el país se ha visto envuelto en episodios violentos, guerras civiles y conflictos raciales de todo tipo. Enorme, casi despoblado, virtualmente exento de infraestructuras, con más de 200 grupos étnicos y tensiones acumuladas durante décadas, a principios de los años noventa del pasado siglo tan solo faltaba una chispa que encendiese la mecha. Entonces llegaron los teléfonos móviles.
Los fabricantes en Occidente y en Japón empezaron a demandar el tantalio para los cada vez más potentes dispositivos, pasando a vender más de mil millones durante los siguientes 10 años. El precio del tantalio se disparó, de modo que los campesinos congoleños abandonaron paulatinamente los cultivos para dedicarse a la extracción del coltán. A partir de entonces, los líderes raciales y los señores de la guerra locales empezaron a financiarse a manos llenas con el dinero procedente de Occidente, un dinero que, lejos de emplearse en desarrollar el país, se gastaba en armar a todas las facciones. Y el infierno se desencadenó. Asesinatos en masa, violaciones, campamentos de mujeres esclavizadas, pueblos arrasados y salvajadas sin nombre se apoderaron de la vida cotidiana de un estado fallido donde han muerto más de 5 millones de personas, la mayoría civiles inocentes, en los últimos 20 años.
Y, mientras tanto, ¿qué hacía Occidente? Básicamente, seguir comprando coltán, sin preguntar demasiado a que se destinaba el dinero. Desde hace unos años, la situación ha mejorado algo, en parte porque los países compradores han desviado un poco el suministro y en parte por el propio cansancio de los contendientes. Pero para el gran país africano no parece haber descanso.
En lo que no es sino una de esas inmensas paradojas que definen al ser humano, mientras que en los países desarrollados la gente disfruta de las bondades del silicio, del cobre o del aluminio, de esas magníficas ciudades y herramientas que el sueño tecnológico ha puesto a nuestra disposición tras miles de años de desarrollo, existe en el África negra ese lugar desdichado que el gran Joseph Conrad definió como «el Corazón de las Tinieblas».
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