El científico brillante
William Shockley fue uno de los inventores del transistor en los laboratorios Bell, junto con John Bardeen y Walter Brattain.
En 1956, los tres recibieron el Premio Nobel de Física por ese descubrimiento que hizo posible prácticamente toda la electrónica moderna.
Pero la relación entre ellos no fue armoniosa.
Shockley era extremadamente inteligente… y extremadamente difícil. Autoritario, paranoide, obsesionado con el control. Sospechaba que sus propios colaboradores conspiraban contra él. Llegó a someter a su equipo a pruebas de detector de mentiras.
Bardeen, brillante y tranquilo (único físico que ganó dos Nobeles en Física), terminó marchándose por el ambiente tóxico que Shockley generaba.
El empresario que sembró Silicon Valley (sin querer)
En 1956, Shockley fundó Shockley Semiconductor Laboratory en California. Reclutó jóvenes talentos excepcionales.
Pero su estilo despótico provocó que ocho de sus mejores ingenieros renunciaran en bloque. Se les llamó los “Traitorous Eight” (los Ocho Traidores). Entre ellos estaba Robert Noyce, quien luego cofundaría Intel.
Irónicamente, la incapacidad humana de Shockley ayudó a dar origen a Silicon Valley. Su laboratorio fracasó, pero los que huyeron construyeron el futuro.
El giro hacia la eugenesia
Y aquí viene la parte más oscura.
A partir de los años 60, Shockley comenzó a obsesionarse con la genética, la inteligencia y la “degeneración” de la población.
Defendía públicamente que:
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Las personas con menor coeficiente intelectual deberían ser esterilizadas voluntariamente a cambio de incentivos económicos.
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Las diferencias promedio de CI entre grupos raciales tenían base genética.
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La sociedad debía intervenir para “mejorar” el acervo genético humano.
Se convirtió en una figura habitual en debates sobre raza e inteligencia. Muchos científicos lo criticaron duramente por extrapolar de forma simplista datos complejos y por ignorar factores sociales, históricos y ambientales.
Su postura fue considerada racista y pseudocientífica por gran parte de la comunidad académica.
¿Fundó un banco de esperma de premios Nobel?
Aquí hay un matiz importante.
El llamado “banco de esperma Nobel” fue fundado por el millonario Robert Klark Graham en 1980 bajo el nombre Repository for Germinal Choice.
La idea era que mujeres pudieran inseminarse con esperma de hombres “genéticamente sobresalientes”, incluyendo premios Nobel.
Shockley no lo fundó, pero sí fue uno de los primeros donantes y lo apoyó públicamente.
El proyecto fue ampliamente criticado y terminó cerrando años después.
El final
Shockley pasó sus últimos años aislado. Sus posiciones sobre eugenesia eclipsaron su legado científico. Murió en 1989 prácticamente distanciado de su familia y de gran parte de la comunidad científica.
Es un caso clásico de contradicción humana:
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Genio técnico.
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Líder tóxico.
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Visionario empresarial fallido.
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Activista eugenésico desacreditado.
Lo que esta historia nos deja
esta historia toca algo: la relación entre inteligencia, poder y ética.
Shockley demuestra algo inquietante:
ser brillante en un campo no inmuniza contra el dogmatismo en otro.
También muestra cómo ideas peligrosas pueden revestirse de lenguaje “científico”. La eugenesia del siglo XX no se presentó como maldad abierta, sino como “mejora racional de la especie”.
La pregunta no es solo histórica.
Es actual:
¿quién define qué es “mejorar” al ser humano?
¿y con qué autoridad?
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