jueves, 23 de abril de 2015

Los siete milagros de Kaufering

Holocausto: Los siete milagros de Kaufering
YETLANECI ALCARAZ
4 DE FEBRERO DE 2014
REPORTAJE ESPECIAL

Hace 69 años terminó la pesadilla del Tercer Reich con todo y sus célebres campos de exterminio, donde 5 millones de personas –judíos, la mayoría– fueron asesinadas. Pero incluso en medio de ese genocidio conocido como el Holocausto hubo sorprendentes historias de buena suerte, de sobrevivencia. La de los siete niños nacidos en el campo de Kaufering I es una de ellas…

BERLÍN (Proceso).- “Ya han muerto tantos niños que los de ustedes tienen que vivir”, les dijo David Witz a las perplejas Eva, Miriam, Bozsi, Dora, Magda, Sara e Ibolya, quienes daban poco crédito a las palabras del capataz lituano de la cocina del campo de mujeres de Kaufering I, anexo a Dachau.

Comenzaba diciembre de 1944 y apenas hacía un par de días las jóvenes habían sido trasladadas a Kaufering –por separado– desde otros campos de exterminio. Sin conocerse entre sí, con miedo, agotamiento acumulado y sobre todo incertidumbre, las siete descubrieron con sorpresa lo que las unificaba y de hecho las unió hasta el final de sus vidas: tras meses de ser cautivas de los nazis todas habían llegado a la etapa final de sus embarazos.

Durante su permanencia en el campo de Auschwitz-Birkenau –cuya liberación por los aliados cumple 69 años el lunes 27– supieron que ninguna embarazada lograba pasar el filtro de los guardias de la SS. El destino ineludible de toda mujer cuyo abultado vientre delatara gestación era –como en el caso de los ancianos, niños y enfermos– la cámara de gas.

Sin embargo ellas lo lograron.

Cuatro meses después, el 29 de abril de 1945, cuando el teniente estadunidense Ben J. Rosenthal y sus 22 soldados entraron a las barracas del área de mujeres de Kaufering I la sorpresa los enmudeció: de pie, expectantes, siete mujeres con sus respectivos bebés en brazos –el mayor de sólo cuatro meses y el más pequeño, de dos– esperaban su liberación. En medio del hambre, del frío invierno alemán y las epidemias de tifus y tuberculosis que azotaron al campo, los niños habían sobrevivido.

La asombrosa historia del nacimiento de László, Marika, Zsuzsi, Gyuri, Judit, Agnes y Jozsi fue documentada y plasmada en 2011 en el libro Geboren im KZ (Nacidos en el campo de concentración). A lo largo de 200 páginas, Eva Gruberová y Helmut Zeller reconstruyen con detalle, gracias a los testimonios de las supervivientes, la historia de Eva Schwartz y Miriam Rosenthal.

Deportaciones masivas

La política de exterminio aplicada por el régimen nacionalsocialista en Alemania y dirigida especialmente contra los judíos europeos –pero también contra gitanos, homosexuales, discapacitados, comunistas, artistas, intelectuales y disidentes políticos– cobró más de 5 millones de vidas, según cifras oficiales.

El campo de Auschwitz, a 60 kilómetros de Cracovia, Polonia, se convirtió en símbolo del Holocausto nazi por ser el mayor centro de exterminio del régimen. Se calcula que ahí fueron asesinadas más de un millón de personas. El 27 de enero de 1945 el ejército soviético lo liberó y en 2005 la Asamblea General de las Naciones Unidas designó esa fecha como el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto.

Tras la ocupación alemana de Hungría el 19 de marzo de 1944 comenzó la deportación masiva hacia Auschwitz-Birkenau. En sólo tres meses, de mayo a julio, más de 400 mil judíos húngaros fueron trasladados al campo del horror. Entre los trenes que llegaron el 17 y el 18 de junio iban Eva Schwartz y Miriam Rosenthal.

De 19 años, Eva, originaria de un pueblo llamado Brody en Ucrania, había emigrado en 1943 a Dunajská Streda, hoy Eslovaquia pero en aquel momento Hungría, para trabajar. Ahí se enamoró y planeó una vida al lado del artesano Géza Steckler.

Su historia de amor fue interrumpida por los acontecimientos que acercaban la guerra cada vez más a ellos. Primero fue la orden de que a partir de 5 de abril de 1944 todos los judíos de la ciudad debían portar triángulos amarillos en sus ropas; después, el 26 del mismo mes, toda la comunidad fue confinada en un gueto y finalmente el 15 de junio salió el transporte rumbo a Auschwitz.

En la rampa de descarga del campo los jóvenes cobraron conciencia de que su anhelada vida feliz quizás no llegaría. Apenas les dio tiempo para un fugaz abrazo de despedida. “Aguanta. Nos volveremos a encontrar”, fueron las últimas palabras que Géza le susurró a Eva y las cuales ella siempre recordó. Para entonces la muchacha ya tenía 20 años y casi tres meses de embarazo.

El 17 de junio, Miriam, de 21 años y oriunda de Komárno –entonces Hungría y hoy República Checa– también había sido deportada a Auschwitz. Dos meses antes, el 5 de abril, cuando se decretó que todos los judíos húngaros debían distinguirse con triángulos amarillos, paradójicamente fue para Miriam el día más feliz: en esa fecha se casó con Béla Rosenthal.

La felicidad les duró poco: a principios de junio Béla fue enviado a los Montes Cárpatos a realizar el trabajo social forzado al que los nazis sometían a los judíos. Miriam quedó confinada en el gueto de Miskolc, donde vivían, y el 16 de junio a bordo de uno de los trenes que transportaron esos días a cerca de 3 mil personas, fue llevada a Auschwitz.

Compasión en las SS

Mayo de 1945. Maternidad en cautiverio. Foto: Especial
Que Eva, Miriam y el resto de las mujeres llegaran hasta la fase final de su embarazo y además sus hijos nacieran y sobrevivieran pese a las adversidades no fue necesariamente un milagro. Fue más bien una serie de coincidencias afortunadas y sobre todo gente –incluso algún oficial de las SS– que se compadeció de ellas.

La rampa por la cual descendían los presos recién llegados a Auschwitz servía también como el primer filtro de selección. Ya entonces se sabía que en este campo había cámaras de gas y que sólo los fuertes y sanos sobrevivían al ser seleccionados para trabajar. Ahí ninguno de los guardias reparó en los tres meses de embarazo de Eva ni en los menos de dos de Miriam, el cual incluso ella desconocía.

Siguieron dos semanas de trabajo física y mentalmente agotador. Su tarea consistía en empujar las carretas cargadas de muertos hacia los crematorios. Junto a ese horror, el martirio de las mujeres se complementaba con el hambre. La taza de café, el plato de sopa y el trozo de pan que recibían como alimento para todo el día no eran suficientes.

Cuando les avisaron que serían transportadas a otro campo sintieron alegría. Cualquier cosa era mejor que Auschwitz y su cámara de gas.

El capataz de campo de Plaszow, de aproximadamente 35 años, con botas y siempre con un látigo en la mano era el polaco Heinrich Reichsfeld. Necesitaba 20 mujeres para los trabajos de su comando. La primera a la que escogió fue a Miriam. “Yo también soy judío y te escogí porque te pareces a mi hija, que está muerta”, le dijo después el polaco.

Las tareas en el comando de Reichsfeld le aligeraron la vida a la joven, quien para entonces ya había descubierto su embarazo. Junto con las otras mujeres tenía que hurgar en busca de oro y joyas entre las pertenencias de los deportados y asesinados. El trabajo además era en un lugar cerrado y no implicaba mucho esfuerzo físico.

Cuando el capataz supo del embarazo se encargó de llevarle cada noche a Miriam un pedazo de queso, pan, salchicha o papa: “Tienes que vivir, tienes que traer a ese niño al mundo”, le decía.

Eva y Miriam habían llegado a principios de julio a Plaszow, barrio periférico de Cracovia. Se estima que por su campo de exterminio pasaron más de 20 mil personas.

Eva también corrió con suerte. Con cuatro meses de embarazo su principal preocupación era no ser descubierta. Y por eso mismo no dudaba en trabajar al mismo ritmo que todas las demás remolcando las cargas de piedra para construir y pavimentar calles dentro del complejo. Pronto encontró compañeras que accedieron a intercambiar con ella uniformes de tallas más grandes para disimular su vientre abultado. Tras siete semanas en Plaszow, Eva y Miriam recibieron la mala noticia: serían devueltas a Auschwitz.

Las revisiones de Mengele

Auschwitz. La revisión cotidiana. Foto: AP
En el campamento C de la sección de mujeres en Auschwitz, el célebre Josef Mengele, El Ángel de la Muerte, y Heinz Thilo hacían revisiones semanales para detectar embarazadas. Alineadas y desnudas las mujeres eran meticulosamente observadas.

Ese día Eva estaba en la fila. La chica delante de ella, Rózsi Kaplansky había sido enviada por Mengele con los enfermos y débiles. Con ya cinco meses de embarazo Eva dio por seguro que ella sería la siguiente y que el fin para ella y su bebé llegaría pronto.

“Estuve de pie, desnuda frente a Mengele. Con sus dedos apretó mis pechos. Quizás se dio cuenta de que estaban crecidos o quería probar si tenía leche”, relató la propia Eva. Pero de su embarazo no se enteró.

El avance de los aliados había obligado a que desde el 6 de agosto de 1944 las fuerzas de la SS devolvieran a Eva y Miriam, junto con otras 7 mil 500 mujeres, a Auschwitz.

Ahí estuvieron casi un mes. Se acercaba una nueva revisión médica y esta vez Miriam estaba convencida de que no la pasaría; ya tenía cuatro meses de embarazo. Entonces sucedió algo inesperado: durante el pase de lista del 4 de septiembre les informaron que todas serían llevadas a Alemania, al trabajo forzado en la industria del Tercer Reich.

Hacía más de tres meses que las mujeres habían sido transportadas al sur de Alemania. A pesar de haber compartido desde su primera deportación los mismos destinos, Eva y Miriam aún no se conocían. Cada una por su lado recibió en este tiempo la ayuda y protección de compañeras e incluso de celadoras de las SS, quienes les facilitaban porciones extras de comida. Pero lo inevitable sucedió y un día, a finales de noviembre de 1944, sus embarazos ya no podían ocultarse.

Pero otro suceso fortuito las mantuvo con esperanza. El avance de los aliados era imparable y tal hecho obligó a los nazis a reconfigurar sus planes. Auschwitz había sido ya bombardeado y la pronta llegada de los rusos por tierra hizo que la directiva de las SS decidiera desaparecer las huellas de sus crímenes.

En noviembre de 1944 Heinrich Himmler, jefe de las SS, ordenó dinamitar los crematorios del campo de exterminio y desmontar las cámaras de gas.

Así, no había más destino para las jóvenes judías que el campo anexo al de Dachau: Kaufering I. Miriam fue la última de las siete en llegar y con su presencia se completó el Schwangerkommando (comando embarazado), como fueron nombradas por sus verdugos. Entre el 8 de diciembre de 1944 y el 27 de febrero de 1945 nacieron László, Marika, Zsuzsi, Gyuri, Judit, Agnes y Jozsi.

Tal como el capataz de la cocina David Witz lo decretara, los bebés de estas siete presas sobrevivieron al terror nazi.

Testimonio de Marika

Eva y Marika. Supervivencia. Foto: Eva Gruverová
“Durante mucho tiempo no supe el origen de mi nacimiento. Mi madre no quería hablar de ello porque le causaba mucho dolor. No fue sino hasta que iba a la escuela que por casualidad lo supe. Recibí mi boleta de calificaciones y ahí aparecía como mi lugar de nacimiento Kaufering, Alemania. Al volver a casa le pregunté a mi mamá por qué no había nacido en Dunajska Streda, como los demás niños. Y entonces me contó”, cuenta a Proceso Marika Novakova, hija de Eva.

Tras la liberación Eva volvió con Marika a Dunajska Streda con la esperanza de encontrarse ahí a Géza. Pero él nunca volvió. Tras dos años de espera inútil decidió volver a casarse. Quería darle un padre a su hija.

“Ahora sólo puedo pensar en lo fuerte que fue mi madre. Pese a todo lo que vivió nunca pudo sentir odio por nadie. Se dedicó a cuidar a su familia y a enseñarnos el sentido de la tolerancia”, dice Marika, quien el miércoles 8 cumplió 69 años.

–¿De qué forma puede ayudar al mundo conocer su experiencia?

–Esperaría que mediante la historia de mi madre la gente pudiera entender mejor la catástrofe que representó el Holocausto. Desearía también que hubiera menos antisemitismo, porque los judíos somos seres humanos como todos.

En septiembre de 2012, a los 87 años, Eva murió en Eslovaquia. Nunca perdió el contacto con sus “hermanas” del campo, especialmente con Miriam, quien hoy, a sus 91 años, vive en Toronto, Canadá.
http://www.proceso.com.mx/?p=363763

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