sábado, 4 de abril de 2026



Hablar de Abraham Maslow es como abrir una ventana en medio de un cuarto lleno de diagnósticos: de pronto entra aire, entra luz… entra la posibilidad de que el ser humano no esté roto, sino incompleto.
Nació en 1908, en Brooklyn, hijo de inmigrantes judíos rusos. Su infancia no fue precisamente un poema: solitaria, marcada por una madre fría y un refugio constante en los libros. Ahí, entre páginas, empezó a hacerse una pregunta que lo acompañaría toda la vida:
¿qué hace que la vida valga la pena?
Al principio no iba por ese camino luminoso. Estudió psicología en la University of Wisconsin y se formó en una época dominada por dos gigantes un tanto sombríos:
Sigmund Freud, que miraba al ser humano como un campo de batalla de impulsos inconscientes
John B. Watson, que lo veía casi como una máquina de estímulo-respuesta
Maslow miró ese panorama y, con una media sonrisa casi rebelde, dijo:
“¿Y si también estudiamos a los sanos?”
Y ahí cambió el juego.
En lugar de obsesionarse con la enfermedad, comenzó a observar a personas que consideraba extraordinarias: gente creativa, íntegra, viva. Entre ellos, figuras como Albert Einstein y Eleanor Roosevelt. No buscaba santos, sino humanos que estuvieran floreciendo.
De esa búsqueda nació su idea más famosa: la jerarquía de necesidades.
Una especie de pirámide invisible donde el ser humano va subiendo escalones:
Lo básico: comer, dormir, sobrevivir
Seguridad: techo, estabilidad
Amor y pertenencia
Estima
Y arriba… la joya: autorrealización
Maslow no decía que todos llegaríamos ahí. Decía algo más provocador:
“Lo que un hombre puede ser, debe serlo.”
No es una promesa. Es casi una exigencia existencial.
Con el tiempo, se volvió una figura clave de la llamada psicología humanista, junto a pensadores como Carl Rogers. 
Si Freud hablaba de heridas y el conductismo de reflejos, ellos hablaron de potencial. De libertad. De sentido.
Pero ojo, no era ingenuo. Maslow sabía que la vida no es una escalera limpia. A veces subes… a veces te quedas atorado en el primer escalón pagando renta emocional.
Murió en 1970, pero dejó una idea que sigue respirando:
No somos solo lo que nos pasó.
Somos también lo que podemos llegar a ser… si no nos rendimos antes.
Y quizá ahí está lo más potente de su historia:
Maslow no vino a describir al ser humano.
Vino a retarlo.
Como si te dijera al oído, sin drama pero sin escapatoria:
—¿Vas a quedarte sobreviviendo… o vas a atreverte a vivir? 

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