sábado, 13 de diciembre de 2014

María Remedios del Valle

 

La Capitana María Remedios del Valle, “Madre de la Patria”


por Carlos P. Ibarguren UriburuLa Prensa, 8 de Mayo de 1932

Una Mendiga

En la recova de la plaza de la Victoria o en el atrio de San Francisco, de San Ignacio o de Santo Domingo, veíase arrebujada en un manto de bayetón oscuro a una vieja mendiga, conocida en el barrio con el apodo de La Capitana. Su figura era familiar a los vecinos: encorvada y magra, diríase la imagen mísera de la senectud con su tez terrosa y arrugada, su boca hundida sin dientes y sus ojos empañados. Con voz débil ofrecía en venta a los transeúntes pasteles, tortas fritas o fruta, que llevaba en una batea; a veces imploraba por el amor de Dios una limosna. Vivía en un rancho de las afueras, donde empezaban las quintas. Aterida de frío en invierno, chapaleando barro bajo la lluvia o sofocada por el sol de enero, recorría el mismo trayecto cotidiano en procura de su pan. Era cliente de los conventos, donde comía la sobra y los desperdicios que le daban.
Llamábase María Remedios del Valle y se ignoraba tanto su nombre como la verdadera razón de su apodo. Ella decía que era capitana del ejército, nombrada por el general Belgrano en los “tiempos de la patria”. “Hoy — exclamaba con frecuencia — ya no hay patria, no se pelea por ella como antes.” Y mostraba cicatrices en los brazos y en las piernas, de heridas que decía había recibido en la guerra de la Independencia. Las gentes escuchaban sus relatos y sonreían compasivamente; creíanla delirante por la vejez y la miseria.
Un día el general Viamonte la reconoció. “Sí, es ella, La Capitana, la madre de la patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú”, dijo al percibirla, y acercándose a la pordiosera le preguntó por su nombre. La pobre anciana, que varias veces había golpeado la puerta del general sin poder verle, porque era despedida por los criados, le refirió su desvalimiento. El veterano, conmovido, la incitó a que recurriera al gobierno solicitando amparo. Corría entonces el año 1827, la anarquía y la crisis política habían derribado a Rivadavia, cuya caída trajo consigo el derrumbamiento de la autoridad nacional. El breve interregno del doctor López restableció la provincia de Buenos Aires y el coronel Dorrego fue elegido gobernador; la petición de María Remedios del Valle, presentada cuando se desencadenaban tan graves acontecimientos, traspapelose sin tener resolución definitiva.

 

Heroína ignorada

El general Viamonte no olvidó a La Capitana, y cuando fué elegido diputado a la Sala de Representantes, le hizo presentar a la Legislatura que acababa de constituirse una solicitud de pensión por “sus servicios en la guerra de la Independencia”, que tuvo entrada el 25 de septiembre de 1827.
En la sesión del 11 de octubre se leyó el siguiente despacho: “La comisión de peticiones ha examinado la solicitud de doña María Remedios del Valle, conocida con el título de capitana del Ejército, en que refiriendo los importantes servicios que ha rendido a la patria y acompañado el expediente que los justifica, pide alguna remuneración por ellos, pues no tiene absolutamente de qué subsistir. La comisión se ha penetrado de la justicia de este reclamo y en mérito de ella ha tenido a bien aconsejar a la Sala el adjunto proyecto de decreto — Octubre lro de 1827 — José Ignacio Grela, Manuel Obligado, Eladio Otamendi”.
Proyecto de decreto: “Por ahora y desde esta fecha, la suplicante gozará del sueldo de capitán de infantería, y devuélvase el expediente para que ocurriendo al P. E. tenga esta resolución su debido cumplimiento”.
En esa sesión la Legislatura debía tratar asuntos que juzgó más importantes: formación del jurado para las cuestiones sobre libertad de imprenta, y el señor García Zúñiga, presidente de la Sala, anunció que la pensión de la solicitante se discutiría en otra oportunidad.
El asunto de la infeliz postulante estuvo estancado hasta el año siguiente de 1828, en que el general Viamonte consiguió que se llevara a consideración de la Legislatura, en sesión del 18 de julio de 1828.
Leído el despacho de la comisión, algunos diputados lo objetaron; se preguntó qué significaba esa pensión y qué clase de documentos se acompañaban a la solicitud; se alegó que la Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires no tenía facultad para dar un premio por servicios prestados a la Nación. Entonces, el general Viamont tomó la palabra, y con la generosa vehemencia que bien brega por evitar una cruel injusticia, dijo:
“Yo no hubiera tomado la palabra, porque me cuesta mucho hablar, si no hubiera visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en la campaña al Alto Perú y la conozco aquí; ella pide ahora limosna… Esta mujer es realmente una benemérita. Ella ha seguido al ejército de la patria desde el año 1810. No hay acción en que no se haya encontrado en el Perú. Era conocida desde el primer general hasta el último oficial en todo el ejército. Ella es bien digna de ser atendida, porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala y lleno, además, de cicatrices de azotes recibidos de los españoles enemigos, y no se la debe dejar pedir limosna como lo hace.”
Al oír la palabra del viejo guerrero, entrecortada por la emoción de los recuerdos, los diputados que con tanta displicencia habían contemplado el asunto se conmovieron; un soplo de gratitud patriótica para esa desventurada pordiosera agitó a la Sala.
“¡Esta infeliz mujer es una heroína!” exclamó el diputado Silveyra. “Si no fuera por su condición humilde, se habría hecho célebre en todo el mundo.”
Y el representante señor García Valdéz, refutando a los que alegaban que correspondía a la Nación y no a la provincia acordar la pensión expresaba:
“Si se espera que la Nación se organice para premiarla, la provincia, que sabe hasta dónde han llegado los eminentes servicios de esta infeliz, sería, sin duda, tachada de cruel e insensible. Esta mujer salió de aquí a las filas para batir al enemigo y volvió a pedir limosna a la faz y vista de los que debían admirar su valor y servicios, cubierta de cicatrices por la causa de la patria, y después de haber sufrido tanta persecución del enemigo.”
Caldeado el ambiente de la sesión por los informes acerca de esta heroína, el doctor Tomás M. de Anchorena, que había sido secretario del general Belgrano en la campaña al Alto Perú, describió a María Remedios del Valle, a quien los soldados de entonces llamaban “la madre de la Patria”, en los siguientes términos:
“Yo me hallaba de secretario del general Belgrano cuando esta mujer estaba en el ejército, y no había acción en que ella pudiera tomar parte que no la tomase, y en unos términos que podía ponerse en competencia con el soldado más valiente; era la admiración del general, de los oficiales y de todos cuantos acompañaban al ejército. Ella, en medio de este valor, tenía una virtud a toda prueba, y presentaré un hecho que la manifiesta: el general Belgrano, que creo ha sido el general más riguroso, no permitía que siguiese ninguna mujer al ejército, y esta María Remedios del Valle era la única que tenía facultad para seguirlo. Al pasar por Salta, teniendo que atravesar el río del Pasaje, el ejército dejó una guardia allí sin más objeto que contener entre los bosques de aquellos contornos a las mujeres que seguían siempre al ejército, y contenerlas allí para evitar que pasasen, menos a María Remedios del Valle. Ella era el paño de lágrimas, sin en menor interés, de jefes y oficiales. Yo los he oído a todos, a voz pública, hacer elogios de esta mujer por esa oficiosidad y caridad con que cuidaba a los hombres en la desgracia y miseria en que quedaban después de una acción de guerra: sin piernas unos y otros sin brazos, sin tener auxilios ni recursos para remediar sus dolencias. De esta clase era esta mujer. Si no me engaño, el general Belgrano le dio el título de capitán del ejército. No tengo presente si fue en el Tucumán o en Salta, que después de esa sangrienta acción en que entre muertos y heridos quedaron 700 hombres sobre el campo, oí al mismo Belgrano ponderar la oficiosidad y el esmero de esta mujer en asistir a todos los heridos que ella podía socorrer… Una mujer tan singular como ésta entre nosotros debe ser el objeto de la admiración de cada ciudadano, y adondequiera que vaya debería ser recibida en brazos y auxiliada con preferencia a un general; porque véase cuánto se realiza el mérito de esta mujer en su misma clase con respecto a otra superior, porque precisamente esta misma caridad es lo que más la recomienda.”
La Sala, entusiasmada ante la revelación del heroísmo tan fervoroso como humilde, sancionó esta resolución: “Se concede a la suplicante el sueldo correspondiente a grado de capitán de infantería, que se le abonará desde el 15 de marzo de 1827 en que inició su solicitud ante el gobierno, y devuélvasele el expediente para que ocurriendo al Poder Ejecutivo tenga esta resolución su debido cumplimiento.”
Apenas votado este decreto, el diputado señor Lagos interpretando los sentimientos de la asamblea propuso que:
“Ninguno de los representantes había dejado de escuchar con orgullo la enumeración que ha hecho de los servicios de la mujer que se acaba de premiar. Dos objetos tiene todo premio: uno con respecto a la justicia que se merece, y el otro con respecto a la moral pública. Y con relación a esta segunda parte no me parece que queda bastante satisfecha la Sala con el sueldo que se acaba de acordar a mujer tan benemérita. En esta virtud propongo: 1º Se nombre una comisión con el objeto de que forme o componga una biografía de esta mujer y se mande imprimir y publicar en los periódicos. 2º Que se haga un monumento y que la comisión presente un diseño de él y su presupuesto.”
La moción fue apoyada unánimemente.

Mísero fin

La pobre mendiga que fuera enaltecida con tan honrosas resoluciones, no pudo obtener la pensión acordada por la Legislatura. Gestionó su cumplimiento ante el Poder Ejecutivo; pero el gobierno estaba muy ocupado por asuntos muy importantes. El expediente no cumplido fue sepultado sin despacharse en las oficinas de la gobernación. Entretanto, se donaba al gobernador Dorrego la suma de 100.000 pesos “en señal de gratitud por los importante y distinguidos servicios que acaba de prestar a la República” (la paz con el Brasil), donativo que fue aceptado por el gobernador “como una prueba de la generosidad con que el gran pueblo de Buenos Aires está siempre dispuesto a recompensar aún los más pequeños servicios de sus hijos.”
Muy poco tiempo después estalló la revolución de Lavalle, la deposición y el fusilamiento de Dorrego y la larga tragedia histórica que se prolongó durante tantos años.
María Remedios del Valle, la “madre de la patria”, la capitana del ejército de Belgrano, siguió pidiendo limosna y, heroína desconocida, murió como había vivido, en la indigencia y en el olvido.
Después de un siglo de su muerte debemos sacar su memoria de la oscuridad y grabar su nombre, ignorado hasta hoy, en una escuela, una calle o en un monumento que simbolice la pasión generosa, el altruismo y el valor de las mujeres que contribuyeron a darnos patria.

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