sábado, 1 de agosto de 2026


Cuidar las palabras

es una forma —humilde,

 obstinada, casi invisible—

de cuidar la vida.

Esta hermosa cita (atribuida frecuentemente al poeta y ensayista argentino Santiago Kovadloff) es una profunda reflexión sobre la ética del lenguaje y su impacto en la realidad. A través de una estructura poética y minimalista, el autor conecta el acto de hablar y escribir con el acto fundamental de proteger la existencia.

1. La premisa: "Cuidar las palabras"

El fragmento no habla de usar las palabras, sino de cuidarlas. Esto implica que el lenguaje no es una herramienta utilitaria, inagotable o indestructible; es un recurso vivo, delicado y propenso al desgaste. Cuidar la palabra significa:

  • Evitar su vaciamiento de sentido (la demagogia, la mentira, la exageración).

  • Elegirlas con precisión para no dañar al otro.

  • Respetar el silencio en lugar de llenarlo con ruido verbal.

2. Los tres adjetivos: La naturaleza del cuidado

El autor define la acción de cuidar el lenguaje a través de una tríada de virtudes silenciosas:

  • Humilde: Quien cuida sus palabras no busca el lucimiento personal, el ego o la grandilocuencia. Reconoce los límites del lenguaje y habla desde el respeto, no desde la soberbia.

  • Obstinada: Es una tarea diaria, constante y que requiere esfuerzo. Vivimos en un mundo propenso al grito, al insulto rápido y a la simplificación; mantener la delicadeza y la verdad en el hablar es un acto de resistencia permanente.

  • Casi invisible: No busca el aplauso ni el reconocimiento. Los mayores actos de cuidado lingüístico ocurren en la cotidianidad: en el tono en que le respondemos a alguien, en la prudencia de callar un rumor o en la empatía al consolar. Pasar desapercibido es, paradójicamente, su mayor fuerza.

3. La conclusión: "De cuidar la vida"

Este es el núcleo filosófico de la frase. El autor establece una equivalencia directa: el lenguaje es vida.

Las palabras tienen poder creador y destructor. Una palabra de aliento puede salvar a alguien de la desesperanza; una palabra cruel puede destruir la autoestima de un niño o desatar un conflicto. Al cuidar lo que decimos (y cómo lo decimos), protegemos la dignidad humana, tejemos lazos comunitarios sanos y preservamos la salud mental y emocional del entorno. Cuidar el tejido del lenguaje es, en última instancia, cuidar el tejido social y vital.

En resumen: La frase es un llamado a la responsabilidad lingüística. Nos recuerda que la delicadeza con el idioma no es un asunto meramente estético o académico, sino un compromiso ético y humano de primer orden.

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