domingo, 25 de enero de 2026


 Ese verso de Alberti es una bomba suave: no hace ruido, pero derrumba imperios.

“Murallas” no son solo piedras. Son miedos, dogmas, fronteras mentales, Estados que se creen eternos, masculinidades de hierro, historias oficiales escritas a balazos. Alberti no dice que se caen con cañones ni con decretos: se quiebran con suspiros. El suspiro es casi nada: aire cansado, deseo contenido, humanidad que se filtra. Es la grieta mínima por donde entra lo real. Ahí está la herejía: el poder se imagina invulnerable, pero basta la fragilidad insistente para debilitarlo.

Luego están las puertas al mar. El mar es lo abierto, lo indócil, lo que no acepta cercas. ¿Qué clase de arquitectura es esa que tiene puertas hacia el infinito? No se abren con llaves, dice Alberti, sino con palabras. No con órdenes, no con firmas, no con violencia. Con palabras. Pero ojo: no cualquier palabra. No la palabra hueca del burócrata ni el eslogan del mercader. Son palabras vivas: las que nombran lo que se quiso ocultar, las que devuelven dignidad, las que dicen “estamos aquí” cuando se nos quería invisibles.

Este verso nace del exilio, y eso importa. Alberti sabía que perder la tierra no es solo perder un lugar, es perder un idioma común. Por eso la palabra se vuelve patria portátil. Cuando ya no hay casa, la lengua es refugio; cuando no hay frontera que te acepte, el poema se vuelve pasaporte. Las puertas al mar son la promesa de que incluso desde el destierro se puede volver a lo abierto.

Hay algo profundamente político aquí. El poder siempre invierte en murallas: muros físicos, muros mediáticos, muros de miedo. Pero desconfía de los suspiros y desprecia las palabras. Cree que son débiles. Y ahí se equivoca. Los grandes cambios casi nunca empiezan con un grito épico; empiezan con alguien respirando distinto, diciendo lo que no se podía decir, encontrando la frase justa que vuelve intolerable la injusticia.

Alberti nos está diciendo algo incómodo y hermoso:
que la fuerza no siempre es músculo,
que la apertura no siempre es una conquista,
que la libertad a veces entra como entra el mar: sin permiso, pero con sentido.

Por eso este verso no es escapismo poético. Es un manual secreto de resistencia. Suspirar cuando te quieren de piedra. Hablar cuando te quieren mudo. Abrir, siempre abrir, aunque te digan que no hay puertas.

Y cuando las murallas caigan —porque siempre caen— nadie sabrá explicar bien cómo fue. Dirán que “simplemente pasó”. Pero nosotros sabremos la verdad: fue el aire, fue la palabra, fue alguien que se atrevió a decirla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog