martes, 1 de julio de 2014

Morris Berman

Entrevista a Morris Berman

15 FEBRERO, 2013


Morris Berman (1944, Rochester, Nueva York) lleva varios años analizando desde distintos ámbitos el falso esplendor de una nación, EE UU, que abandonó voluntariamente en 2006. Gracias a la mediación y la traducción de Raquel Vicedo charlé con él sobre la visión que se tiene en Europa del gigante tembloroso.
¿Hay una falta de concordancia entre lo dura que es la vida en EEUU tal y como usted la describe en sus libros, y la imagen que su país genera de sí mismo en el exterior?
Culturalmente hablando, los EEUU han tenido muchísimo éxito; me gusta llamarlo “la historia más grande jamás vendida” (se trata de un juego de palabras en inglés, por “la historia más grande jamás contada”, una serie radiofónica emitida por primera vez en 1947, sobre la vida de Jesucristo). En realidad es bastante sorprendente: recuerdo haber leído hace tiempo que la serie de TV más popular en la franja de Gaza era la comedia de situación americana “Friends”. ¿Puede creerlo? Ahí tiene gente que es asesinada con regularidad por misiles “Made in USA”, que detestan profundamente los EEUU, y que adoran esta comedia sobre la vida norteamericana (es decir, lo que ellos creen que es la vida norteamericana). En términos de propaganda, tiene que reconocerle un gran mérito a los EEUU.
Pero, ¿no cree que si usted viviera en la franja de Gaza, preferiría ver algo que no le recordara lo terrible de su situación?
Estoy seguro de que en parte ése es el motivo, y no me atrevería a culpar a los palestinos por ver la serie. Sólo pongo de relieve esta enorme contradicción: que los misiles estadounidenses aniquilen a tu familia y que tú te ‘relajes’ con la comedia de situación estadounidense más famosa; lo que demuestra el gran poder de los productos culturales americanos. Tampoco podemos olvidar que la serie tiene bastante gracia.
Continúe…
En cuanto a cómo ha llevado EEUU al huerto a Europa, y a cómo la sigue llevando, le sugiero que eche un vistazo al libro de Victoria de Grazia El imperio irresistible, que lo ilustra muy bien. Un error de concepción que he detectado entre los europeos es la idea de que el señor Obama se muestra favorable al estilo de vida europeo, es decir, un estilo de vida que provee a los ciudadanos de una red social de seguridad, y que está intentando instaurar este sistema en los EEUU (por ejemplo, “Obamacare”), pero que esos horribles republicanos se lo impiden. La verdad es que la distancia ideológica entre el señor Obama y esos “horribles republicanos” es en realidad bastante pequeña; Obama ha demostrado no tener ninguna compasión ante la difícil situación de los desfavorecidos, y ha continuado reafirmando su compromiso con un estilo de vida norteamericano tipo “casino” o “cowboy”. Así que mientras 1 de cada 5 americanos está en el paro y no tiene perspectivas de conseguir un empleo en los próximos 10 años, si podemos creer lo que dicen nuestros economistas, Obama ha acabado rescatando a los bancos con 19 trillones de dólares -¿me entiende? 19 millones de millones de dólares. En el caso de “Obamacare”, dio la espalda a lo que se llamó la “opción pública” (pago directo individual al gobierno) en favor de ceder el control a empresas de seguros médicos. Su plan de salud afecta sólo a 32 millones de personas, y considerando la injerencia empresarial, esa gente no puede permitírselo. Así que todo el plan es básicamente una farsa. La mayoría de lo que Obama hace es ilusorio, y créame, le podría dar una lista larga y deprimente. Mientras tanto, quizá le interese ojear un libro que se titula Hopeless: Barack Obama and the Politics of Illusion, de Jeffrey St. Clair et al.
¿Cuáles son las principales mentiras sobre su país que no percibimos en Europa?
a) Si ve la serie “Friends,” parece que el norteamericano medio viva en un apartamento enorme en Nueva York. La mitad de los de “Friends” están desempleados, o son freelance; el apartamento de la serie costará alrededor de 5,000 dólares al mes, quizá más. Sólo un habitante de Nueva York con un trabajo muy lucrativo podría permitirse un sitio como ése, pero lo que se proyecta es que esto es lo típico, la norma.
b) Los europeos probablemente se creen la propaganda norteamericana actual sobre el 9% de desempleo en los EEUU. Otra mentira. Si echa un vistazo a las estadísticas del Departamento de Empleo de los EEUU, la cifra real es de alrededor del 18%. Esto se debe a que si estaba recibiendo un subsidio de desempleo y se le terminó, se le elimina de la lista de desempleados, y de este modo está “empleado” por arte de magia. También en la falsa categoría de empleados hay personas que trabajan dos horas a la semana. Puede hacerse una idea.
c) La cifra de pobreza en los EEUU es de 47 millones de personas. Esto está basado en los antiguos criterios de pobreza, hoy en día obsoletos, y se remonta a 1965. La cifra real de norteamericanos que pasa hambre está más cerca de los 100 millones, o 1/3 del país. Además, 2 de cada 3 norteamericanos vive al día. Sólo hace falta un desastre—una muñeca rota que requiera una operación que cuesta 70,000 dólares, por ejemplo—para que esta gente esté acabada, borrada del mapa.
d) Los europeos tienden a pensar que los norteamericanos son felices, pero cada vez que hay un “sondeo internacional de felicidad,” los europeos suelen ser los que van a la cabeza. De hecho, los norteamericanos sufren de ansiedad y depresión. La mayoría de los europeos no es consciente del hecho de que aunque la población de los EEUU es menos del 5% de la población global, en términos de ventas en dólares se achaca a los norteamericanos el consumo del 67% del consumo mundial de antidepresivos. Como dijo Shakespeare, “Algo se pudre en Dinamarca” (aunque los daneses ocupan típicamente los puestos número 1 o 2 de la lista mundial de felicidad; algo de lo que Shakespeare no era consciente cuando escribió Hamlet).
¿Cree que los productos culturales destinados al gran público que se producen en EE UU (literatura, cine…) aportan una visión fraudulenta de las condiciones de vida de su país? O, por decirlo de otra manera, ¿el fomento del entretenimiento por parte de la industria cultural de su país es una forma de control político?
No estoy seguro de la intencionalidad de la industria cultural norteamericana en términos políticos. Debe comprender que prácticamente todos los norteamericanos tienen el cerebro lavado por el sueño americano; aunque parezca lo contrario, realmente se lo creen, y esto incluye a Hollywood, los medios de comunicación, y otros productores de cultura. Sí, es una visión engañosa, pero no creo que sea deliberada; o al menos en general. Pero ciertamente sirve a los propósitos de EEUU—como indicaría el ejemplo de “Friends” en Gaza. Quizá es más insidioso, no sé; tiendo a ser bastante ingenuo, después de todo.
Pero, aunque sea bajo la coartada comercial, ¿no le parece que la ausencia del elemento sociopolítico ya supone una estrategia política?
En realidad puede ser… Me cuesta responder a esa pregunta, ya que no tengo TV y no veo la TV norteamericana. Pero recuerdo algunos casos sorprendentes. La serie “Boston Legal”, por ejemplo, denunciaba repetidamente la corrupción, la avaricia, y el egoísmo del gobierno y las grandes empresas. Y no lo hacía de un modo satírico: el guionista, David Kelley, ponía los discursos más comprometedores en boca del personaje principal, James Spader —discursos que eran sin duda políticos. La serie de Tina Fey “30 Rock” también ponía continuamente en ridículo al capitalismo”, aunque lo hacía casi siempre de pasada, como quien dice. Y en el caso de películas para un público mayoritario, considere por ejemplo “Game Change”, que trata de Sarah Palin y la campaña electoral del 2008: a ella la pintan como a una idiota total, y de la política estadounidense dicen que es poco más que apariencias. Nada de esto fue censurado por el gobierno, porque no es necesario: los estadounidenses ven estas series o películas, las asimilan, y continúan viviendo sus vidas como antes. Créame, a la gente en el poder no le preocupa nada de esto, estoy seguro de que usted también lo sabe.
La hegemonía de las grandes empresas multinacionales del entretenimiento –que a menudo conllevan prácticas muy poco éticas en su actividad empresarial–, ¿no es algo reprobable?
Bueno, creo que no hace falta detenerse mucho en la actividad empresarial de la industria del entretenimiento, ya que los comportamientos reprobables y la falta de ética son probablemente endémicos de la mayoría de grandes empresas norteamericanas, no sólo de la NBC o qué se yo. Mire, deje que me remita a un artículo que acabo de publicar en el que reseño una película independiente que un amigo mío hizo el año pasado:http://www.tikkun.org/nextgen/sociopaths-rule. Como verá, no creo que la película profundice demasiado en lo que se refiere a la crítica del capitalismo de las grandes empresas estadounidenses; pero dejando esto de lado, hay dos puntos que me gustaría señalar. Uno, el motivo real por el que una película como ésta tuvo que hacerse con dinero independiente (Donald Goldmacher, uno de los productores, la pagó de su propio bolsillo, y no es un tío rico) es porque nunca, en los EEUU, va a hacer dinero. Ningún estudio de los grandes—Time Warner o Disney—va a escogerla, no por motivos ideológicos, sino porque va a ser un fracaso de taquilla. ¿Por qué? Esto me lleva al segundo punto, para el que me remito al penúltimo párrafo de mi reseña: los estadounidenses no somos muy inteligentes. Digo esto en serio. Las conversaciones que tengo con gente cuando estoy en España, por ejemplo… bueno, sería difícil tenerlas en los EEUU. Los estadounidenses no están informados sobre nada de lo que pasa fuera de las fronteras del país; sólo el 12% han viajado alguna vez fuera de los confines del país (excepto por algunas vacaciones esporádicas en Canadá o México); e incluso aquéllos con un alto cociente intelectual piensan que el discurso político está y debería estar definido por las supuestas diferencias entre los dos partidos políticos principales que, desde un punto de vista europeo (y desde el mío propio) son prácticamente inexistentes. Hay una resistencia fundamental a tener en cuenta críticas que son esenciales, y todavía más generalmente (y patéticamente), hay una vena profunda de resistencia al mundo de la mente. Uno de nuestros grandes historiadores, Richard Hofstadter, lo clavó en 1963, en Anti-intelectualismo en la vida norteamericana y, créame, ese aspecto de la cultura estadounidense no ha hecho más que empeorar en este medio siglo que ha pasado. Para acabar —ya he mencionado que los historiadores tienden a ser charlatanes— quiero romper una lanza a favor del entretenimiento puro, no político. Hace unos años cogí por casualidad una copia del Daily World (que originalmente se llamaba Daily Worker), el periódico del partido comunista estadounidense, y leí una reseña de una película romántica cualquiera, y flipé con lo que decía el crítico, “Pero la flagrante omisión es la falta de referencias a la lucha de clases”. Por Dios, relájate un poco…
EE UU ha sido un país ejemplar a la hora de producir creadores independientes, comprometidos con una cultura de la denuncia, de la reivindicación de valores e ideales…
Mire, hay sólo un puñado de críticos en los EEUU que son realmente radicales; es decir, que van a la raíz de las cosas, y están marginados muy hábilmente por los medios de comunicación norteamericanos. Y si son invisibles en Norteamérica, puede estar seguro de que son invisibles en Europa. No encontrará un artículo de opinión de Chris Hedges en el New York Times, por ejemplo, y desde luego tampoco en El País. Pero sí encontrará “crítica” de este tipo por parte de Thomas Friedman, que es poco más que un “mensajero imperial”, como lo llama uno de esos críticos reales. Y siendo honestos, la mayoría de los críticos del estilo de vida norteamericano han demostrado que apoyan ese estilo de vida. Ya sean de izquierdas o de derechas, el compromiso es siempre al “progreso,” a la tecnología y al sueño americano. En el caso del movimiento Ocupa Wall Street, por ejemplo, la única demanda real era que el sueño americano se expandiera, se distribuyera de manera más justa. No se reconoció que es necesario abolir el sueño sin más; que el planeta no posee recursos infinitos, y que para que todos en el planeta vivan la vida que se retrata en “Friends,” necesitaríamos los recursos de seis planetas Tierra. La mayoría de los críticos norteamericanos no son conscientes de la programación que ellos y todos los estadounidenses comparten, la del individualismo “fronterizo”—expansión ilimitada—y extremo. He escrito sobre este tema en Cuestión de valores, de cómo somos marionetas manejadas por cuerdas. Y no creo que sea un accidente que no fuera capaz de publicar el libro en EEUU; tuve que publicarlo yo mismo en Amazon. Para empezar, no soy optimista, y eso me hace muy extraño en el contexto norteamericano, porque si hay un elemento del proceso de lavado de cerebro norteamericano que es irresistible, hasta para los críticos más severos, es que hay luz al final del túnel y que al final todo va a salir bien. No puedo imaginar un (auto)engaño mayor, pero ellos venden libros y yo no.
Retomo la pregunta anterior: cuando en Europa leemos y escuchamos a los creadores estadounidenses más críticos no los sentimos como una disidencia en medio de un contexto terrible sino como parte del espíritu nacional estadounidense. Hay un error de percepción por nuestra parte, sin duda, y libros como los que usted escribe (pienso en el último, Las raíces del fracaso americano) ayudan a fijar el contexto de interpretación adecuado. Pero, ¿por qué se produce este error de percepción? ¿Tiene algo que ver el encanto inherente que todo producto cultural estadounidense tiene en Europa?
La atracción de los productos culturales norteamericanos en Europa: éste es probablemente un debate muy distinto, pero el mejor análisis que conozco es el del escritor chileno Ariel Dorfman, en su libro The Empire’s Old Clothes (1983). En esta obra, deja de lado el análisis marxista y opta por el “biopsíquico”, argumentando que la cultura juvenil americana atrae al niño que todos llevamos dentro, en un nivel fundamental, y que es por ello que se ha convertido en un fenómeno global (vaqueros, Mickey Mouse, y demás). Creo que Walt Disney lo comprendió de manera intuitiva, y eso es lo que le hace tan peligroso como producto de exportación cultural: las defensas de Europa están bajas, y el pato Donald y compañía pasaron la frontera con facilidad.
Está claro que Disney infantiliza al espectador. Pero, ¿por qué eso es malo?
Ay, jefe, creo que conoce la respuesta a esta pregunta. Después de todo, los niños son criaturas dependientes, y se mueven en un mundo en el que el marco político que les rodea es completamente invisible. Quiero decir, ¿qué sabía yo de la Guerra Fría en 1952, cuando tenía ocho años? Sólo sirvió para hacerle el juego al gobierno y a la clase adinerada, lo mismo da que hablemos de EEUU, España o Bulgaria. Déjeme ponerle un ejemplo (uno entre millones, sin más). Hace poco vi un clip en internet, en cnn.com, del precandidato presidencial del GOP, Mitt Romney, en una especie de reunión del ayuntamiento no sé dónde en EEUU, y una mujer del público llamó a Obama “monstruo” porque, decía, había arruinado la economía estadounidense (de nuevo, me remito a mi artículo en Tikkun, a la parte en la que digo que en lugar de materia gris los estadounidenses tienen puré de verduras en la cabeza). De lo que hablamos aquí es de un adulto que no es realmente un adulto; un adulto que vive en Disneyworld. Considere:
1. Su idea de lo que es pensar es ser emocional. Éste es el mundo de un niño; o de un estadounidense.
2. Parece que tiene muy poca memoria—como la de un niño de cinco años—porque el colapso de la economía ocurrió en septiembre-octubre de 2008, durante el mandato de Bush y, a causa de las políticas económicas neoliberales que él promovió con tanta fuerza, Obama se limitó a heredar un caos (aunque está claro que es cierto que no ha hecho gran cosa para mejorar la situación).
3. Como en el caso de un niño, o un adolescente, el reparto de personajes en su mundo está sacado de Disney o quizá de los cuentos de los hermanos Grimm. Así, Obama es un “monstruo,” y es de suponer que Romney es el cazador de dragones que va a salvarnos a todos (de hecho, el tipo es básicamente un payaso que tiene más o menos el mismo peso intelectual que Sarah Palin, y cuya única cualificación para ocupar un despacho político es un corte de pelo bastante bueno). Multiplique este escenario por varios millones y se hará una idea de la naturaleza infantil del público estadounidense y las consecuencias políticas que se derivan de ello (un famoso cómico estadounidense, Dick Gregory, preguntó en una ocasión: “Si siempre votamos por el menor de dos males, ¿cómo es posible que las cosas vayan a peor?”)
Actualmente en Europa la infantilización del espectador no ocurre solo en los dibujos animados sino en productos culturales que, supuestamente, se dirigen a adultos pero cuyos contenidos son completamente infantiles. Buena parte del cine de acción, de terror y policiaco presenta un producto infantil bajo apariencia adulta. De hecho, analizamos Batman como si la hubiera guionizado Schopenhauer. ¿Cree que la industria cultural estadounidense rebaja el nivel de los productos culturales? ¿Provoca esto una merma de la conciencia crítica del espectador?
Honestamente, me encantaría que Schopenhauer anduviera por ahí escribiendo los guiones de las películas de hoy en día; me pondría el primero en la cola para verlas, se lo aseguro, aunque imagino que serían bastante deprimentes. De hecho, creo que sus preguntas las podría responder mejor Antonio Gramsci que Schopenhauer, ya que hablamos de ‘egemonia’, como él decía. El argumento es que las ideas de las masas son más o menos las de la clase dirigente y que es mediante ese simbolismo, que domina la cultura, como la clase dirigente mantiene su poder. De este modo, no se necesita la fuerza, ya que la conformidad está asegurada. Por supuesto, Gramsci no escribió sobre cómo la industria cultural convertía a los ciudadanos en niños adultos, aunque francamente no hay mucha distancia entre sus escritos y los de Hannah Arendt y la escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Marcuse, Erich Fromm). Supongo que al final se reduce a una especie de ‘totalitarismo suave’. Fromm hablaba de “escape de la libertad,” y Marcuse de “el hombre unidimensional”. Por cierto, si nuestros lectores piensan que soy elitista por decir esto, déjeme decirles: Sí, lo soy, y le animo a que se una a mí (Jean-Francois Lyotard: “Elitism for Everybody”).
El declive del imperio americano, ¿está siendo discutido en la cultura de su país? ¿Hay conciencia de este fin de ciclo?
Los debates sobre el declive cultural en los EEUU suelen tomar la postura de negarlo o al menos lo intentan. Esto está en relación con lo que he comentado en la pregunta número 3, más arriba: el optimismo es el “lavado de cerebro” número uno en América, y casi nadie escapa a él. Si es usted crítico y quiere que se le escuche en los EEUU, básicamente tiene que hacer dos cosas:
a) Analizar sólo una institución en detalle—las universidades, la infraestructura, el ejército, el establishment médico, la política exterior de EEUU, la industria de la comida rápida, lo que sea. No debe presentar nunca un análisis holístico, es decir, una síntesis, y sugerir que todas estas disfunciones están de hecho relacionadas, porque esto llevaría a los lectores a concluir que los problemas a los que se enfrentan los EEUU no pueden solucionarse y por tanto el declive es inevitable.
b) Presentar, al final, una “solución” a este problema—no importa cómo sea de ridícula o inverosímil. Bajo ninguna circunstancia puede decir que se encuentra en un callejón sin salida, y que el problema no tiene solución.
Más del 99% de los críticos sociales y culturales norteamericanos acatan la disciplina, por ponerlo de algún modo: no rompen estas dos reglas. Como resultado, sus críticas son, en mi opinión, bastante superficiales, y no consiguen nada excepto hacer sentir mejor al público norteamericano, por ejemplo, dándole una falsa sensación de seguridad. Considere Bowling Alone, del sociólogo de la universidad de Harvard Robert Putnam, publicado en 2000. Es un retrato largo y demoledor de la vida norteamericana. demasiado deprimente para expresarlo con palabras: cómo los norteamericanos ya no confían los unos en los otros, cómo ya no se relacionan, cómo las estructuras comunitarias y las organizaciones han colapsado literalmente en los últimos 35 años, etc. Y entonces, después de dejar claro en casi 500 páginas que la nación está completa y totalmente destrozada, el Profesor Putnam de repente, en las últimas diez páginas, saca un conejo de la chistera, y declara que nosotros (¿quién es “nosotros”, por cierto?) podemos darle la vuelta a todo, recrear la comunidad y la amistad perdidas voluntariamente, poniendo de nuestra parte. ¿Este tipo enseña en Harvard?, me pregunté. ¿Ha perdido la cabeza? Pero déjeme terminar con una nota positiva, es decir, negativa: no todos los críticos sociales norteamericanos han perdido la cabeza. Animo a los lectores de Quimera a conseguir dos novelas, en particular, que lo cuentan todo como es: Freedom, de Jonathan Franzen, y Una súper triste historia de amor verdadero, de Gary Shteyngart. Si quiere una radiografía contemporánea de los EEUU, sin las chorradas que parecen acompañar siempre a las críticas culturales, éstos son sus libros (además del mío, por supuesto; ¿cómo he podido olvidarlo?—jaja).
Algunos de los debates sobre Freedom en España se han centrado en el elemento estético (si la prosa de Frazen es decimonónica). Y, me temo, nos hemos perdido parte de su valor sociopolítica. ¿Podría darnos su interpretación de la novela?
La regla general para los novelistas es “muestra, no cuentes”, y Franzen lo hace extremadamente bien (no es que no puedas escribir una buena novela rompiendo esta regla: Javier Marías lo hace constantemente en Tu rostro mañana, y el libro en mi opinión está al nivel de un Nobel. Pero ése es otro tema). Nunca filosofa; simplemente te muestra el resultado de vidas vividas en el marco estadounidense en el que la oferta es infinita —‘libertad’. Y ese resultado es una catástrofe: personas cuyas vidas son extremadamente centrífugas—es decir, carentes de una narrativa significativa para ellos—y cuya ‘libertad’ es una curiosa imagen reflejo de la vida bajo el regimen taliban, si la miras con detenimiento. Otro gran escritor estadounidense, Thomas Pynchon, exploró esta paradoja binaria en novelas como V. y El arcoiris de la gravedad, en las que el lector tiene la oportunidad de elegir entre dos infiernos o paranoias: una en la que nada se relaciona con nada más, y en la que la vida es un caso de pura anomia, puro sinsentido (Franzen); y otra en la que todo esta claustrofóbicamente relacionado con todo lo demás y en la que no se puede respirar (taliban). ¿Qué veneno prefiere, eh? El libro de Franzen es una exploración profunda del primero de esos dos polos o paranoias. Como he mencionado antes, es una radiografía bastante buena de la vida norteamericana de hoy día.

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