La historia de Leopoldo María Panero (1948–2014) es una de las más fascinantes, trágicas y magnéticas de la literatura española contemporánea.
Fue el arquetipo definitivo del poeta maldito: un hombre que habitó la frontera entre la genialidad absoluta y la locura, convirtiendo su propia destrucción y su estancia en los manicomios en una obra de arte inigualable.
Aquí se cuenta la crónica de su vida, que es también la historia de la demolición de una familia.
1. La herencia de una estirpe sagrada (y maldita)
Leopoldo María nació en Madrid, en el seno de una familia patricia de las letras españolas. Su padre, Leopoldo Panero, era el poeta oficial del régimen franquista; su madre, Felicidad Blanc, una mujer de una sensibilidad burguesa y asfixiante; y sus hermanos, Juan Luis y Michi, también respiraban literatura.
Crecer en esa casa era vivir bajo el peso de una estatua. Tras la muerte del padre en 1962, la fachada de la familia perfecta comenzó a agrietarse. La casa de Astorga (el hogar familiar) se convirtió en el escenario de una sorda guerra psicológica que marcaría el destino de todos.
2. El brillo de los "Novísimos" y la rebeldía
En los años 60, Leopoldo María era un joven brillante, bellísimo y radical. Se matriculó en Filosofía y Letras, se afilió al Partido Comunista (lo que le costó sus primeros arrestos en la prisión de Carabanchel) y comenzó a escribir una poesía que rompió los esquemas de la época.
En 1970, el crítico Josep María Castellet lo incluyó en la célebre antología Nueve novísimos poetas españoles.
Leopoldo María se convirtió instantáneamente en el icono de la transgresión: su poesía no hablaba de la patria ni de la lucha social típica, sino de la cultura pop, el cine de terror, el sadomasoquismo, la muerte y el vacío.
3. El Desencanto: La desnudez pública
Si hay un hito que fijó el mito de los Panero en el imaginario colectivo fue el estreno, en 1976, de la película documental El Desencanto, dirigida por Jaime Chávarri.
La película muestra a la madre y a los tres hermanos desollando la memoria del padre muerto y destrozándose cruelmente entre ellos a través de reproches intelectualizados y una lucidez feroz.
En ese festín de decadencia, Leopoldo María emergió como la figura más perturbadora y magnética: ya se adivinaba en él la sombra de la locura, pero también una honestidad brutal que desnudaba la hipocresía de la España de la Transición.
"En la infancia vivivimos, y después sobrevivimos", es una de las frases que definen el espíritu de la película y de su propia vida.
4. El refugio entre los muros del manicomio
A partir de los años 70, la mente de Leopoldo María comenzó a quebrarse definitivamente. Diagnosticado con esquizofrenia, sus ingresos en hospitales psiquiátricos pasaron de ser temporales a definitivos. Pasó por los centros de Mondragón, Ciempozuelos y, finalmente, Las Palmas de Gran Canaria.
A diferencia de otros artistas cuya enfermedad anuló su talento, el manicomio se convirtió en el búnker creativo de Panero. Desde el hospital seguía publicando libros desgarradores como Narciso en el acorde de los últimos desahuciados o Poemas del manicomio de Mondragón.
Su figura se volvió de culto. Periodistas, jóvenes poetas y curiosos peregrinaban a los psiquiátricos para entrevistarlo. Lo encontraban siempre rodeado de una nube de humo de cigarrillos, bebiendo litros de Coca-Cola y recitando de memoria a Mallarmé, Hölderlin o las aventuras de Peter Pan (un personaje con el que estaba obsesionado, pues se negaba a crecer para no convertirse en su padre).
5. El final del último maldito
Leopoldo María Panero sobrevivió a su madre y a sus dos hermanos, quedando como el último eslabón de una dinastía extinguida (un proceso retratado en una segunda y aún más tétrica película, Después de tantos años, en 1994).
El 31 de marzo de 2014, el poeta falleció en el área psiquiátrica del Hospital Juan Carlos I de Las Palmas de Gran Canaria, a los 65 años.
Su legado
Panero no usaba la locura como un disfraz o una pose estética; la locura era su realidad. Su poesía es difícil, a veces caótica, pero está llena de destellos de una lucidez aterradora.
Fue el hombre que se atrevió a mirar fijamente al abismo y decidió mudarse a vivir en él, dejándonos como testamento algunos de los versos más desoladores, hermosos y libres de la literatura en español.

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